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Por decisión, no por reacción

Hay momentos en la vida donde no podemos evitar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos decidir cómo responder. El apóstol Pablo presenta una verdad poderosa en 2 Corintios 4 cuando habla de dos realidades que conviven al mismo tiempo. Por un lado, afirma que tenemos este tesoro en vasos de barro, dejando claro que somos frágiles, humanos y expuestos a las circunstancias. Pero inmediatamente después, introduce una tensión espiritual: estamos atribulados, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos. Aquí no solo describe situaciones, describe decisiones.


Pablo nos revela que hay dos grupos en los que siempre estaremos. Uno es inevitable: el grupo de los atribulados. Por el simple hecho de existir, enfrentaremos dificultades. La vida trae presión, confrontaciones, pérdidas y momentos inesperados. Nadie está exento de eso. No importa cuánta fe tengas, ni cuán disciplinado seas, ni cuánto ores; mientras vivamos en este mundo, habrá tribulación. Ese grupo no lo escogemos, simplemente pertenecemos a él por condición humana.


Sin embargo, el segundo grupo sí es una elección: el de los no angustiados, no desesperados, no desamparados, no destruidos. Aquí es donde la fe toma forma práctica. La angustia no es automáticamente el resultado de la tribulación; es una reacción interna que puede ser gobernada. Podemos sentir presión sin perder la paz. Podemos estar en apuros sin perder la esperanza. Podemos ser derribados sin aceptar la derrota como destino final. La diferencia entre ambos grupos no es la circunstancia externa, sino la postura interna.


El apóstol no está negando la realidad del dolor; está enseñando a vivir por encima de él. La madurez espiritual no consiste en evitar problemas, sino en sostener una convicción firme en medio de ellos. Cuando entendemos que llevamos un tesoro dentro, comprendemos que la presión externa no puede destruir lo que Dios ha depositado internamente. La tribulación puede tocar nuestro entorno, pero no tiene autoridad para gobernar nuestro espíritu, a menos que nosotros se la concedamos.


Hoy la invitación es clara: no puedes evitar ser atribulado, pero sí puedes decidir no vivir angustiado. No puedes impedir que lleguen momentos difíciles, pero sí puedes escoger confiar en que el poder es de Dios y no tuyo. Uno de los grupos es automático; el otro es intencional. Y cada día, frente a cada desafío, volvemos a escoger. La victoria no está en la ausencia de problemas, sino en la determinación de no permitir que esos problemas definan nuestra identidad ni nuestro destino.


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