Atrévete a salir
Hay momentos en la vida en los que sentimos que hemos caído demasiado profundo. Quizás nadie a nuestro alrededor entiende lo que estamos viviendo, quizás hemos llegado a una grieta que nunca imaginamos conocer y hasta nos preguntamos cómo vamos a volver a salir de ahí. Hay temporadas en las que avanzar no se siente como caminar, sino como arrastrarse. Pero aun cuando tengas que avanzar lentamente, aun cuando tengas que hacerlo con lágrimas, cansancio o con las pocas fuerzas que te quedan, sigue avanzando. Lo importante no es la velocidad con la que sales de la grieta, sino que no decidas quedarte a vivir en ella. Tu situación actual no tiene que convertirse en tu destino. Lo que te ocurrió puede explicar una parte de tu historia, pero no tiene que escribir el final.
Tal vez has escuchado demasiadas voces diciéndote que no puedes, que ya es demasiado tarde, que después de lo que pasó no hay manera de comenzar otra vez. Algunas de esas voces pueden venir de personas, pero otras pueden estar dentro de ti. Son pensamientos que se repiten una y otra vez hasta hacernos creer que son verdad. Sin embargo, no toda voz merece tener autoridad sobre tu vida. Hay momentos en los que tienes que decidir qué vas a escuchar y qué vas a dejar atrás. La crítica no puede convertirse en una sentencia, el fracaso no puede convertirse en una identidad y el dolor no puede convertirse en una prisión. Dios todavía puede hacer algo nuevo contigo, incluso desde ese lugar que hoy parece imposible.
Por eso, atrévete a lanzarte. Atrévete a creer nuevamente, aunque todavía tengas preguntas. Atrévete a dar ese paso aunque no tengas todas las respuestas y aunque no puedas ver con claridad cómo terminará el camino. La fe no significa que nunca vas a sentir miedo; significa que decides no permitir que el miedo sea quien tome las decisiones por ti. Quizás hoy solamente puedes dar un pequeño paso, pero ese pequeño paso también cuenta. Quizás tienes que comenzar arrastrándote, pero arrástrate hasta salir. Quizás tienes que reconstruir tu vida poco a poco, pero comienza. No desprecies los pequeños comienzos. Muchas veces, lo que parece insignificante en el presente termina siendo el principio de una nueva temporada.
No permitas que aquello que te ocurrió te paralice. El dolor puede dejar marcas, pero esas marcas no significan que tu historia terminó. Has sobrevivido días que pensaste que no podrías superar. Has atravesado momentos que te hicieron cuestionar tus propias fuerzas y, aun así, aquí estás. Eso significa que todavía hay camino por recorrer. No necesitas tener todo resuelto para volver a levantarte. Necesitas tomar la decisión de no morir espiritualmente en el lugar donde caíste. Hay una diferencia entre reconocer que estás herido y decidir quedarte herido para siempre. Puedes reconocer tu dolor, puedes llorar, puedes procesar lo que viviste y aun así creer que Dios todavía tiene propósito para tu vida.
Así que, cuando salgas de aquí, no importa cuán profunda haya sido la grieta en la que caíste. No importa cuántas personas hayan dudado de ti ni cuántas voces hayan intentado convencerte de que no puedes volver a comenzar. Levántate con la certeza de que todavía puedes avanzar. Si tienes que arrastrarte, arrástrate. Si tienes que comenzar de nuevo, comienza. Si tienes que creer mientras todavía estás temblando, cree. Pero no te quedes allí. No permitas que lo que te pasó tenga la última palabra. Hay momentos en los que salir requiere valentía, y hoy puede ser el día en que decides volver a intentarlo. Atrévete a creer, atrévete a lanzarte y atrévete a confiar en que Dios todavía puede llevarte mucho más lejos de lo que imaginas.





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