Cansado, pero persiguiendo
- Pastor Otoniel Font

- Mar 2
- 2 min read
Dios siempre tiene la capacidad de colocar a las personas correctas en el momento correcto. A lo largo de nuestra vida encontraremos manos extendidas, oportunidades inesperadas y conexiones divinas que no fueron casualidad, sino dirección de Dios. Sin embargo, existe un error común: quedarnos esperando que alguien nos rescate antes de dar el primer paso. Hay quienes viven paralizados pensando que hasta que no aparezca la ayuda ideal, no pueden avanzar. Pero la fe funciona diferente: primero te lanzas, primero obedeces, primero caminas… y en el camino Dios confirma, conecta y provee.
Es cierto, no fuimos diseñados para caminar solos. Siempre necesitaremos de alguien en algún momento. La humildad también consiste en reconocer que necesitamos apoyo. Pero una cosa es necesitar ayuda y otra muy distinta es depender pasivamente de que otros hagan lo que a nosotros nos corresponde iniciar. El problema no es recibir apoyo; el problema es usar la falta de apoyo como excusa para no avanzar. La actitud correcta es moverse con determinación, confiando en que Dios enviará los recursos y las personas necesarias en el trayecto.
Uno de los golpes más fuertes que puede experimentar una persona no es solo la falta de ayuda, sino el menosprecio. Que no te den el pan duele, pero que te lo nieguen haciéndote sentir que no vales nada duele aún más. El rechazo hiere el corazón y puede sembrar inseguridad profunda. Cuando otros cuestionan tu valor, tu capacidad o tu futuro, se activa una batalla interna: creer lo que ellos dicen o reafirmar lo que Dios ya declaró sobre ti. Y esa batalla define destinos.
Un ejemplo poderoso de transformar el menosprecio en combustible lo vemos en la historia de Muhammad Ali. Fue criticado, subestimado y cuestionado innumerables veces. Muchos pensaban que no tenía oportunidad frente a ciertos oponentes. Pero en lugar de permitir que esas voces lo paralizaran, convirtió el rechazo en determinación. Tomó cada palabra de duda como energía para entrenar más fuerte y pelear con más convicción. Lo que pretendía ser una burla se transformó en motivación. Y así logró victorias que parecían imposibles.
Esa debe ser la mentalidad del creyente: cansado, pero todavía persiguiendo; menospreciado, pero todavía avanzando. Tal vez hoy no todos te tienden la mano, pero eso no significa que tu propósito se detuvo. No esperes aplausos para caminar ni validación para creer. Si Dios te dio una promesa, sigue adelante. Permite que el rechazo fortalezca tu carácter y que la fe impulse tus pasos. Porque al final, no se trata de quién te reconoció en el camino, sino de haber llegado hasta el final cumpliendo lo que Dios puso en tu corazón.




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