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Cuando el miedo te esconde

hace 5 días
4 min de lectura

El miedo apareció en la historia del ser humano desde los primeros capítulos de Génesis. Tan pronto Dios se presenta en el huerto del Edén después de que Adán y Eva pecaran, Adán responde: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. Antes del pecado, Adán podía estar delante de Dios sin temor, sin vergüenza y sin necesidad de esconderse. Pero ahora, después de haber desobedecido, algo había cambiado dentro de él. La presencia de Dios, que antes representaba comunión, seguridad y confianza, ahora despertaba en él una reacción completamente diferente: miedo. Adán ya no corre hacia Dios, sino que corre de Dios. Y esa escena revela algo profundamente humano: cuando el miedo entra en nuestra vida, muchas veces comenzamos a interpretar la realidad desde nuestra vulnerabilidad y no desde la seguridad que encontramos en Dios. El miedo nos hace sentir que estamos solos, descubiertos y sin protección, aun cuando Dios continúa estando presente.

Lo primero que hace el miedo en nuestra vida es desnudarnos. No necesariamente significa que físicamente estemos expuestos, sino que comenzamos a sentirnos vulnerables, inseguros y sin cobertura. El miedo nos hace mirar nuestras debilidades y pensar que todo el mundo las puede ver. Nos hace creer que no somos suficientes, que vamos a fracasar, que vamos a ser rechazados o que aquello que estamos enfrentando será demasiado grande para nosotros. De repente, nuestra mente comienza a construir escenarios y nuestra imaginación empieza a mostrarnos posibilidades como si ya fueran realidades. El miedo puede tomar una situación que todavía no ha sucedido y convertirla en una amenaza presente. Por eso muchas veces sufrimos por cosas que todavía no han ocurrido. Pensamos en lo que podría pasar, en lo que alguien podría decir, en lo que podríamos perder o en lo que podría salir mal, y terminamos viviendo emocionalmente dentro de un escenario que solamente existe en nuestra mente. El miedo nos convence de que estamos completamente expuestos cuando, en realidad, todavía no sabemos cómo terminará aquello que estamos enfrentando.


Lo segundo que hace el miedo es escondernos. Adán escuchó la voz de Dios y se escondió entre los árboles del huerto. El miedo siempre quiere llevarnos a escondernos, a aislarnos y a huir. Hay personas que, cuando sienten miedo, dejan de hablar, dejan de pedir ayuda, dejan de congregarse, dejan de buscar a Dios o comienzan a tomar decisiones desde la desesperación. El problema es que podemos terminar corriendo hacia el lugar equivocado. Pensamos que alejarnos de aquello que nos produce temor nos dará seguridad, pero muchas veces solamente terminamos más lejos de aquello que realmente necesitamos. El miedo puede hacer que una persona se encierre en sus propios pensamientos y que comience a creer todas las historias que su mente le cuenta. Pero Dios no dejó a Adán escondido. Dios fue a buscarlo. Aun después de su pecado, Dios se acercó y preguntó: “¿Dónde estás?”. Esa pregunta no significaba que Dios no supiera dónde estaba Adán; era una invitación a reconocer dónde se encontraba su corazón. Dios estaba llevando a Adán a salir de su escondite y enfrentarse con la realidad.


Lo tercero que hace el miedo es intentar separarnos de la presencia de Dios. El miedo nos susurra que debemos escondernos precisamente de Aquel a quien más necesitamos. Nos hace pensar que no podemos acercarnos a Dios porque hemos fallado, porque tenemos dudas, porque estamos débiles o porque no sabemos qué va a suceder. Sin embargo, el mensaje de las Escrituras nos muestra todo lo contrario: en nuestros momentos de mayor necesidad, Dios continúa llamándonos hacia Él. El miedo puede hacernos sentir que estamos solos, pero la presencia de Dios no depende de cómo nos sentimos. Puede haber incertidumbre, puede haber preguntas sin respuesta y puede haber circunstancias que todavía no entendemos, pero eso no significa que Dios haya abandonado el lugar. El miedo quiere que interpretemos el silencio como ausencia y la incertidumbre como abandono. Dios, en cambio, nos llama a confiar en Él aun cuando todavía no podemos ver el final. Por eso necesitamos aprender a identificar cuándo estamos reaccionando ante una realidad y cuándo estamos reaccionando ante una posibilidad que nuestra mente ha convertido en una certeza.


Todos hemos experimentado miedo. Es una emoción humana que aparece ante situaciones de amenaza, incertidumbre o peligro, pero no podemos permitir que el miedo se convierta en quien dirige nuestra vida. Adán corrió y se escondió, pero Dios fue a buscarlo. Esa imagen nos recuerda que cuando el miedo nos haga querer escondernos, debemos recordar hacia dónde debemos correr realmente. No estamos llamados a vivir gobernados por escenarios imaginarios ni por aquello que podría suceder mañana. Estamos llamados a caminar confiando en el Dios que ya está allí. Tal vez hoy estás enfrentando una situación que todavía no ha ocurrido, pero que en tu mente ya parece inevitable. Tal vez estás sufriendo por una conversación que todavía no has tenido, por una puerta que todavía no se ha cerrado o por una circunstancia cuyo resultado todavía desconoces. Detente y pregúntate: ¿estoy reaccionando ante lo que realmente está sucediendo o ante lo que temo que podría suceder? El miedo puede desnudarte, esconderte y hacerte sentir lejos de Dios, pero no tiene la última palabra. Cuando dejamos de escondernos y volvemos nuestro corazón hacia Dios, comenzamos a recordar que nuestra seguridad no depende de controlar el futuro, sino de confiar en Aquel que ya conoce cada parte de él.

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