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Cuando sobra

hace 5 días
3 min de lectura

Hay escenas del Evangelio que, cuando uno se detiene a imaginarlas, cobran una fuerza impresionante. Después de alimentar a una multitud con apenas cinco panes y dos peces, los discípulos no terminaron con las manos vacías. Al contrario, terminaron recogiendo lo que había sobrado. Me imagino aquella escena: el niño que había entregado lo poco que tenía, los discípulos alrededor y, ahora, doce canastas llenas de alimento. Lo que comenzó pareciendo insuficiente terminó siendo más que suficiente. El milagro no solamente alcanzó para todos los que estaban allí; también hubo abundancia. Y quizás una de las imágenes más poderosas es pensar en aquellos discípulos regresando con las doce canastas, llevando de vuelta mucho más de lo que originalmente habían recibido.

Para los discípulos, aquel momento también era una lección. Ellos habían visto la necesidad, habían calculado lo que tenían y probablemente habían pensado que no era suficiente. Pero Jesús les mostró que el problema nunca había sido la capacidad de los cinco panes y los dos peces, sino lo que ellos entendían que podía hacer Dios con aquello que tenían en sus manos. Donde ellos veían escasez, Jesús produjo abundancia. Donde ellos veían que no había nada, terminaron recogiendo lo que sobraba. Esa es una verdad que necesitamos recordar: no debemos medir lo que Dios puede hacer por la cantidad que tenemos disponible. Lo poco entregado a Dios puede convertirse en una bendición que alcanza para muchos.

Por eso, debemos aprender a vivir con una mentalidad diferente. No se trata de acumular por egoísmo ni de desperdiciar lo que tenemos. Se trata de procurar que en nuestra casa haya provisión, que haya algo de más para poder compartir, ayudar y bendecir a otra persona. La abundancia también nos da una oportunidad de servir. Si tienes alimento de más, compártelo. Si tienes ropa que ya no utilizas, puede convertirse en una bendición para alguien. Si tienes recursos, tiempo, conocimiento o alguna capacidad que puedas poner al servicio de otros, úsala para bendecir. Y si algo sobra, no necesariamente tiene que terminar en desperdicio; puede terminar en las manos de alguien que lo necesita.

Qué hermoso sería que nuestras casas no fueran solamente lugares donde recibimos la provisión de Dios, sino lugares desde donde también fluye esa provisión hacia otros. Hay una diferencia entre tener suficiente para nosotros y tener la disposición de permitir que lo que Dios nos ha dado alcance a alguien más. La abundancia no debe producir indiferencia; debe producir generosidad. Las doce canastas nos recuerdan que Dios puede hacer mucho más de lo que imaginamos cuando ponemos en sus manos lo que tenemos. Quizás hoy piensas que tienes poco, pero antes de concluir que no es suficiente, entrégaselo al Señor. Él sabe cómo multiplicar aquello que nosotros consideramos pequeño.


La pregunta, entonces, no es solamente qué tienes, sino qué estás haciendo con lo que tienes. ¿Hay algo que Dios ha puesto en tus manos y que puedes utilizar para bendecir a alguien? No esperes tenerlo todo para comenzar a compartir. El niño solamente tenía cinco panes y dos peces, pero estuvo dispuesto a entregarlos. Los discípulos aprendieron que, en las manos de Jesús, aquello que parecía poco podía convertirse en abundancia. Que también nosotros aprendamos a vivir de esa manera: agradecidos por lo que tenemos, responsables con lo que recibimos y dispuestos a compartir cuando haya de más. Porque cuando Dios provee, no solamente piensa en nuestra necesidad; muchas veces también nos convierte en instrumentos para suplir la necesidad de otros.

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