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Formados en lo secreto


Uno de los mayores errores en la vida espiritual es querer visibilidad sin haber pasado por el proceso de formación en lo secreto. Vivimos en una generación que anhela plataformas, reconocimiento y resultados visibles, pero muchas veces evita los lugares ocultos donde realmente Dios trabaja el carácter. Antes de exponer, Dios forma. Antes de enviar, Dios prepara. Y ese principio no ha cambiado. No importa cuánto talento alguien tenga, si no ha sido procesado en lo íntimo, lo público eventualmente lo va a revelar.


El aposento alto representa precisamente ese espacio de preparación divina. Fue allí donde Jesús reunió a sus discípulos en un ambiente íntimo, lejos de las multitudes, para trabajar en ellos lo que luego impactaría al mundo entero. No fue en medio de los milagros públicos, ni en las grandes multitudes, sino en un lugar cerrado donde se fortalecieron, recibieron dirección y fueron alineados espiritualmente. Ese espacio no era visible, pero era absolutamente necesario. Allí se estaba formando lo que luego sería la iglesia, el movimiento más trascendental de la historia.


Durante tres años y medio, Jesús había entrenado a sus discípulos en acción constante. Les enseñó a moverse, a ir, a hacer, a servir, a sanar, a predicar. Su vida estaba marcada por el dinamismo. Pero de repente, después de la resurrección, cambia la instrucción: ahora tienen que esperar. Y esa transición no fue fácil. Pasar de la acción a la espera es uno de los procesos más incómodos para el ser humano. Nos gusta sentir que estamos haciendo algo, avanzando, produciendo. Pero Dios también obra en la pausa.


La espera, aunque necesaria, puede sentirse como una tortura. La mente comienza a llenarse de preguntas: ¿estaré haciendo lo correcto?, ¿debería moverme?, ¿me estaré quedando atrás? Es en ese momento donde la fe es probada de una manera diferente. No es la fe que actúa, es la fe que confía. No es la fe que corre, es la fe que permanece. Aprender a esperar en Dios es una de las disciplinas más profundas, porque implica rendir el control y confiar en que Él está trabajando incluso cuando no vemos resultados inmediatos.


Dios utiliza los momentos de espera para preparar lo que vendrá después. El aposento alto no era el destino final, era el proceso antes del derramamiento. Lo que se forma en lo secreto se manifiesta en lo público con poder y autoridad. Por eso, no podemos despreciar esos momentos donde parece que nada está pasando. Si Dios te tiene en una temporada de espera, no es pérdida de tiempo, es preparación divina. Porque cuando llegue el momento de salir, no será improvisado, será el resultado de todo lo que Él trabajó en ti en silencio.


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