Haz lo que Él hace
Hay un momento en nuestra vida de fe en el que Dios quiere llevarnos de una mentalidad de recibir a una mentalidad de participar. Muchas veces nuestra oración se reduce a pedirle a Jesús que haga algo por nosotros: “Señor, sáneme”, “Señor, resuelva mi problema”, “Señor, abre una puerta”, “Señor, haz algo por mí”. Y aunque Dios ciertamente escucha nuestras peticiones y tiene cuidado de nuestras necesidades, hay una transición mucho más profunda que Él quiere producir en nosotros. La verdadera madurez espiritual no consiste solamente en esperar que Jesús haga algo a nuestro favor, sino en llegar al punto donde podamos decirle: “Jesús, yo quiero hacer lo que Tú estás haciendo”. Ya no se trata de una relación donde solamente esperamos recibir de Él, sino de una vida rendida donde nuestro mayor deseo es participar en aquello que Él ya está haciendo en el mundo.
Eso es precisamente lo que vemos en Pedro cuando le dice a Jesús: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. La dinámica había cambiado. Pedro ya no estaba pensando solamente en cómo resolver una necesidad, cómo alimentar a una multitud o cómo llegar al otro lado. Ahora estaba viendo a Jesús hacer algo y nació en él el deseo de participar. Pedro, en esencia, estaba diciendo: “Si Tú estás caminando sobre las aguas, yo quiero caminar contigo”. Esa es una expresión de fe que nos confronta, porque muchas veces queremos que Jesús se acerque a nuestra realidad, pero no necesariamente estamos dispuestos a salir de nuestra comodidad para entrar en la realidad donde Él está obrando. Queremos que Él venga a nuestra barca, pero pocas veces preguntamos si nosotros estamos dispuestos a salir de ella. La fe comienza a tomar otra dimensión cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿qué puede hacer Jesús por mí?” y comenzamos a preguntarnos “¿qué está haciendo Jesús y cómo puedo ser parte de eso?”.
Quizás llevas mucho tiempo acercándote a Dios solamente desde la perspectiva de tus necesidades. Has orado para que alguien sea sano, has llevado personas a la iglesia para que otros oren por ellas, has esperado un milagro y has pedido que Dios intervenga en diferentes situaciones. Y no hay nada malo en clamar a Dios por sanidad, provisión, dirección o restauración. Pero existe una diferencia entre conocer el poder de Dios solamente como alguien que lo recibe y comenzar a vivir como un discípulo que también quiere ser instrumento de ese poder. Hay personas que dicen: “Voy a llevar a alguien a la iglesia para que oren por él y se sane”, pero también hay quienes llegan al punto de decir: “Señor, quiero poner mis manos, quiero creer, quiero obedecer y quiero hacer lo mismo que he visto que Tú haces”. No porque nosotros tengamos poder independiente de Cristo, sino porque hemos entendido que Jesús nos llama a seguir sus pasos, a depender de Él y a participar en su obra. La pregunta, entonces, no es solamente si creemos que Jesús puede hacerlo, sino si estamos dispuestos a creerle a Jesús cuando nos invita a participar.
Esta transición requiere fe porque siempre implica salir de la seguridad de nuestra barca. Mientras Pedro permanecía dentro, podía observar lo que Jesús hacía sin exponerse demasiado. Pero cuando dijo “manda que yo vaya”, tuvo que poner un pie fuera de la barca. Allí es donde muchas veces nuestra fe es confrontada. Es fácil admirar lo que Dios hace en otros, escuchar testimonios, ver personas siendo transformadas y decir “qué poderoso lo que Dios hizo”. Lo difícil es responder cuando Dios nos dice: “Ahora quiero usarte a ti”. Quizás Dios quiere que ores por alguien, que compartas el evangelio, que sirvas, que levantes al que está caído, que acompañes al que está atravesando un proceso o que simplemente seas obediente en algo que has estado evitando. La fe no siempre comienza con tener todas las respuestas; muchas veces comienza con estar dispuesto a decir: “Jesús, si Tú estás ahí, yo quiero ir hacia Ti”. El objetivo no es demostrar que podemos caminar sobre el agua por nuestras propias fuerzas, sino descubrir que una vida de fe consiste en mantener nuestros ojos puestos en Cristo mientras respondemos a su llamado.
Hoy la pregunta que debemos hacernos es profunda: ¿toda nuestra vida cristiana ha consistido en decirle a Jesús “haz algo por mí”, o hemos llegado al punto de decirle “yo quiero hacer lo mismo que Tú haces”? Jesús no nos llamó únicamente a recibir; nos llamó a seguirle. No se trata de convertirnos en el centro de la historia, sino de dejar de vivir centrados en nosotros mismos para comenzar a vivir centrados en Él y en su misión. Que nuestra oración pueda cambiar. Que podamos pasar de “Señor, bendíceme” a “Señor, úsame”; de “Señor, hazlo por mí” a “Señor, enséñame a obedecerte”; de “quiero ver lo que Tú puedes hacer” a “quiero participar en lo que Tú estás haciendo”. Porque llega un momento en la vida del creyente donde la mayor evidencia de madurez no es cuánto ha recibido de Dios, sino cuánto desea parecerse a Cristo, obedecerle y ser usado por Él para que otros también puedan conocerle.





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