Muévete o retrocede
- Pastor Otoniel Font

- Mar 5
- 2 min read
Hay una verdad que incomoda pero transforma: todo lo que se detiene comienza a retroceder. La vida no fue diseñada para la inercia permanente. Cuando una persona decide quedarse inmóvil —emocional, espiritual o físicamente— las cosas no se quedan iguales; empeoran. No envejecemos simplemente por el paso del tiempo, muchas veces envejecemos porque dejamos de movernos, de aprender, de intentarlo. El movimiento es una señal de vida. La parálisis prolongada es una antesala del deterioro. Por eso no podemos permitir que el cansancio o la frustración nos conviertan en espectadores de nuestra propia historia.
Nuestro propio cuerpo es una evidencia de esta verdad. No fue diseñado para la inactividad constante. Puedes encontrar una silla cómoda por un momento, pero ninguna fue creada para habitarla toda la vida. El cuerpo necesita descanso, sí, pero también necesita levantarse, caminar, activarse. Fue hecho para alternar entre reposo y movimiento. Cuando rompemos ese equilibrio y elegimos quedarnos sentados demasiado tiempo, el cuerpo comienza a resentirse. De la misma manera, el alma necesita avanzar. El espíritu necesita propósito. Fuimos creados para vivir en acción.
Ahora bien, hay algo que puede desanimarnos profundamente: el hecho de que estemos haciendo lo correcto y aun así no veamos resultados inmediatos. Es posible estar luchando, esforzándose y sentir que las cosas van de mal en peor. La Biblia narra la historia de la mujer con flujo de sangre que invirtió todo lo que tenía en médicos y tratamientos, y en lugar de mejorar, empeoraba. Ella no estaba inactiva; estaba buscando soluciones. Sin embargo, sus esfuerzos no producían el cambio que esperaba. Esa experiencia puede generar agotamiento, frustración y hasta desesperanza.
Pero la diferencia no está solo en moverse, sino en moverse en la dirección correcta. Aquella mujer tomó una decisión distinta: dejó de depender exclusivamente de sus recursos y decidió acercarse a Jesús. No se quedó sentada resignada. No dijo: “Ya intenté todo”. Hizo un último movimiento de fe. A veces el problema no es que estemos haciendo algo, sino que necesitamos ajustar el enfoque. Persistir no siempre significa hacer más de lo mismo; a veces significa cambiar de estrategia, cambiar de perspectiva y acercarnos a la fuente correcta.
No puedes detenerte. Puedes descansar, puedes reevaluar, puedes cambiar de ritmo, pero no puedes quedarte inmóvil. Todo lo que se detiene termina debilitándose. Si hoy sientes que has estado luchando sin ver resultados, no te resignes. Ajusta, redirige, vuelve a intentarlo, pero sigue avanzando. Porque mientras haya movimiento, hay esperanza. Y cuando tu movimiento se combina con fe, aunque el resultado no sea inmediato, eventualmente llegará el momento donde todo lo que parecía ir en peor comenzará a transformarse.




Comments