Vuelve a Creer
Muchas veces comenzamos nuestra relación con Dios desde un lugar de absoluta dependencia. No tenemos respuestas, recursos, oportunidades ni posibilidades claras, pero decidimos creerle a Dios. Es precisamente allí donde nuestra fe comienza a producir resultados. Tal vez estabas buscando trabajo y no tenías ninguna oportunidad delante de ti, pero creíste por un buen empleo; luego llegó ese trabajo, recibiste un buen salario y, con el tiempo, ese salario te permitió desarrollar un buen crédito. Entonces llegó el momento de comprar una casa y comenzaste a pensar que sería ese crédito el que finalmente te abriría la puerta. Sin darte cuenta, aquello que comenzó como un resultado de haber confiado en Dios terminó convirtiéndose en aquello en lo que ahora depositas tu confianza. Y cuando el banco te dice que tu crédito no es suficiente, comienzas a limitar lo que crees que Dios puede hacer, porque tu mirada dejó de estar puesta en la fuente y comenzó a estar puesta en el resultado.
El problema no está en tener un buen trabajo, un buen salario, buen crédito o recursos para alcanzar determinadas metas. El problema aparece cuando confundimos el instrumento con la fuente. Lo que tienes hoy puede ser producto de algo que Dios permitió que sucediera a través de tu fe, pero eso no significa que ese resultado tenga ahora el poder de determinar tu futuro. Si cuando no tenías nada pudiste creerle a Dios y viste cómo una puerta se abrió, ¿por qué ahora que tienes algo vas a confiar menos? Es posible que aquello que Dios utilizó para bendecirte termine convirtiéndose en tu mayor limitante cuando empiezas a depender de ello más que de Él. Por eso necesitamos aprender a comenzar nuevamente desde cero en nuestra mente: volver a creerle a Dios, volver a depender de Él y recordar que nuestra seguridad no está en lo que hemos acumulado, sino en Aquel que ha sido fiel para producir cada resultado que hemos experimentado.
Esta mentalidad también nos lleva a confrontar una idea que muchas personas han aceptado: pensar que necesitan simplemente “más fe”. Incluso los discípulos tuvieron momentos en los que pensaron que necesitaban una cantidad mayor de fe para enfrentar determinadas circunstancias. Sin embargo, antes de pensar cuánto nos falta, debemos preguntarnos qué creemos realmente acerca de Dios y de la fe que Él nos ha dado. Existe una mentira que muchas personas han creído: que Dios repartió la fe como si algunos hubieran recibido una cantidad extraordinaria y otros apenas una pequeña porción. Esa manera de pensar puede llevarnos a compararnos constantemente con otras personas. Vemos a alguien creyendo por algo grande y pensamos: “Esa persona tiene más fe que yo”. Pero la vida de fe no se trata de competir con la fe de otra persona, sino de aprender a confiar en Dios con lo que Él ha puesto delante de nosotros y avanzar desde allí.
La fe no debe convertirse en una excusa para vivir dependiendo de las circunstancias visibles. Si nuestra confianza está determinada por cuánto dinero tenemos, por nuestro empleo, por nuestro crédito, por las puertas que están abiertas o por las posibilidades que vemos, entonces nuestra fe siempre estará limitada por lo que nuestros ojos pueden percibir. Pero cuando aprendemos a mirar nuevamente a Dios como la fuente, podemos entender que los resultados de ayer no tienen que convertirse en los límites de mañana. El mismo Dios en quien confiaste cuando no tenías trabajo es el Dios en quien puedes confiar cuando ahora tienes un trabajo. El mismo Dios que estuvo contigo cuando no tenías recursos sigue siendo Dios cuando tienes recursos. Lo que cambió fueron tus circunstancias, no el poder ni la fidelidad de Dios. Por eso debemos cuidar nuestro corazón para no permitir que las bendiciones que recibimos terminen ocupando el lugar de Aquel que las hizo posibles.
Quizás hoy necesitas volver a ese punto donde comenzaste, no porque hayas perdido todo, sino porque necesitas recordar de dónde vino todo. Tal vez has permitido que lo que Dios produjo en tu vida se convierta en aquello que determina hasta dónde puedes llegar. Hoy es un buen momento para volver a creerle a Dios desde cero. No significa ignorar la realidad, despreciar los recursos o actuar irresponsablemente; significa no convertir ninguna de esas cosas en la base absoluta de nuestra confianza. La fe mira más allá de lo que existe hoy y reconoce que Dios todavía puede producir aquello que todavía no vemos. Lo que tienes hoy no es necesariamente el límite de lo que Dios puede hacer mañana. Si antes creíste cuando no tenías nada, puedes volver a creer ahora que tienes algo. Tu futuro no tiene que depender exclusivamente de los resultados que ya alcanzaste; puedes seguir caminando con la misma confianza en Dios que te llevó hasta donde estás. Porque cuando la fe deja de mirar únicamente lo que produjo y vuelve a mirar a Dios, el futuro vuelve a estar lleno de posibilidades.





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