Conocer a Cristo: la prioridad eterna
- Pastor Otoniel Font

- Jan 6
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El apóstol Pablo, en Filipenses capítulo 3, nos presenta una de las declaraciones más radicales y profundas de la fe cristiana: “todo lo tengo por pérdida” con tal de conocer a Cristo Jesús. Esta expresión no nace del desprecio por la vida, el trabajo o los logros, sino de una comprensión clara de lo que realmente tiene valor eterno. Pablo había alcanzado reconocimiento, autoridad y prestigio, pero entendió que nada de eso podía compararse con la excelencia del conocimiento de Cristo. Su enfoque no estaba en lo que poseía, sino en a Quién pertenecía, y esa perspectiva transformó completamente su manera de vivir.
Conocer a Jesús no es un evento de un solo día, es una persecución diaria, constante y apasionada. Pablo no decía que ya lo había alcanzado todo, sino que seguía avanzando, dejando atrás lo que estorbaba su relación con Dios. Cuando él afirma que todo lo da por basura, nos está enseñando que cualquier cosa que compita con Cristo por el primer lugar en nuestro corazón pierde automáticamente su verdadero valor. El conocimiento de Cristo no es información intelectual, es una relación viva que redefine prioridades, decisiones y deseos.
Esto no significa que el creyente no pueda aspirar a grandes cosas, al éxito o al crecimiento en distintas áreas de su vida. El problema no es perseguir metas, sino permitir que esas metas se conviertan en la fuente de nuestra identidad. Cuando Dios deja de ser lo primordial, el éxito se vuelve un ídolo y el corazón se pierde en la búsqueda. En cambio, cuando todo lo que hacemos tiene como fin la gloria de Dios, podemos avanzar, prosperar y alcanzar grandes cosas sin extraviarnos en el proceso.
La verdadera identidad del creyente nace exclusivamente de lo que Cristo hizo en la cruz del Calvario. Nuestro valor no depende de títulos, posiciones o aplausos, sino de nuestra relación con Él, de nuestro servicio, de nuestro amor y de nuestra búsqueda diaria. Conocer a Cristo cada mañana, agradecerle por Su gracia y depender de Su presencia nos mantiene alineados con el propósito eterno, aun en medio de un mundo que constantemente redefine el éxito.
El error de no poner a Dios primero es que terminamos colocando en Su lugar cosas temporales que nunca podrán llenar el corazón. Cuando perdemos de vista que Él debe ser lo más importante y lo más grande en nosotros, comenzamos a vivir desde una identidad frágil y condicionada. Pero cuando Cristo ocupa el centro, todo encuentra su balance correcto. Vivimos con propósito, caminamos con claridad y entendemos que, al final, todo lo que hacemos es y será para la gloria de Dios.




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