Correr bien otra vez
- Pastor Otoniel Font

- Mar 12
- 2 min read
Si mañana alguien te pregunta cómo estás, intenta responder algo que sorprenda: “Estoy feliz”. No es la respuesta más común hoy en día. La mayoría responde “estoy bien… pero cansado”. Vivimos en una generación agotada, cargada de responsabilidades, preocupaciones y presiones que muchas veces desgastan no solo el cuerpo, sino también el corazón. Sin embargo, la alegría no siempre depende de que todo esté perfecto; a veces simplemente nace de reconocer un regalo básico pero poderoso: estamos vivos. Cada día que despertamos es una oportunidad nueva para seguir avanzando, para volver a intentar y para confiar en que Dios todavía está obrando en nuestra historia.
El cansancio físico es fácil de identificar. Cuando el cuerpo se agota, sabemos lo que necesitamos hacer: detenernos, descansar y dormir. El descanso físico restaura la energía del cuerpo de manera natural. Pero existe otro tipo de cansancio que es más complejo y profundo: la fatiga emocional. Ese desgaste interno que no se resuelve simplemente durmiendo. Es el peso de las preocupaciones, las decepciones acumuladas, las expectativas no cumplidas y las batallas silenciosas que llevamos dentro. Esa fatiga puede robar la motivación, apagar la pasión y hacernos sentir estancados.
La Biblia nos muestra un ejemplo poderoso en la vida de Gedeón. En medio de una batalla intensa, él y sus hombres estaban agotados, pero la Escritura describe su estado con una frase extraordinaria: “cansados, pero todavía persiguiendo”. Esa expresión revela una verdad profunda: el cansancio no siempre significa que debes rendirte. A veces simplemente significa que has estado luchando. Gedeón no negó su agotamiento, pero tampoco permitió que ese cansancio definiera su destino. Dentro de él seguía ardiendo el deseo de alcanzar lo que Dios le había prometido.
El apóstol Pablo también confronta una realidad similar cuando escribe a la iglesia en Gálatas. Les dice: “Vosotros corríais bien… ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?”. En otras palabras, comenzaron con fuerza, con pasión y con claridad de propósito, pero algo se interpuso en el camino. A veces no es una gran caída lo que nos detiene, sino pequeñas distracciones, desánimos o influencias que poco a poco afectan nuestra dirección. Pablo advierte que “un poco de levadura leuda toda la masa”, recordándonos que incluso pequeñas desviaciones pueden alterar todo el rumbo.
Por eso, más que preguntarnos si estamos cansados, debemos preguntarnos si todavía estamos persiguiendo el propósito. La clave no es nunca sentir fatiga, sino no permitir que la fatiga nos detenga. Es posible estar cansado y aun así mantener viva la determinación. Es posible sentirse desgastado y aun así decidir seguir adelante. Y cuando volvemos a enfocarnos en lo que Dios nos llamó a hacer, recuperamos el ritmo para correr bien otra vez. Porque el propósito de Dios para tu vida no termina cuando aparece el cansancio; muchas veces es precisamente ahí donde comienza la verdadera perseverancia.




Comments