Cuando hay forma, pero falta vida
- Pastor Otoniel Font

- 3 days ago
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En la visión del valle de los huesos secos en Ezequiel 37, encontramos una imagen poderosa de lo que puede suceder no solamente en una persona, sino también en la vida espiritual de muchos creyentes. Dios lleva al profeta a un valle lleno de huesos secos y le pregunta si aquellos huesos podrán vivir. La escena comienza con algo que parece completamente imposible: no hay vida, no hay movimiento, no hay dirección. Sin embargo, Dios comienza un proceso. Primero hay un ruido, luego los huesos se juntan, aparecen tendones, carne y finalmente piel. A simple vista, aquello comienza a parecer un cuerpo. Hay estructura. Hay forma. Hay apariencia. Pero todavía no hay vida. Esta parte de la visión nos confronta con una realidad que muchas veces ignoramos: podemos llegar a construir una vida espiritualmente organizada, tener hábitos, asistir a la iglesia, conocer el lenguaje cristiano y proyectar una imagen correcta, pero todo eso, por sí solo, no significa que exista vida espiritual.
Las formas en la iglesia pueden ser buenas cuando sirven a un propósito, pero pueden convertirse en un problema cuando sustituyen la vida que deberían sostener. Muchas veces comenzamos con una estructura y terminamos convirtiendo esa estructura en una regla absoluta. Lo que debía ayudarnos a caminar termina controlando nuestra manera de caminar. Lo que debía ser una herramienta termina convirtiéndose en una tradición. Y cuando pensamos que solamente existe una manera de hacer las cosas, corremos el riesgo de volvernos religiosos, tradicionales y dependientes de un sistema en lugar de depender de Dios. Tener estructura en nuestra vida es mejor que vivir completamente sin dirección, pero debemos entender que estructura no es sinónimo de vida. Una persona puede tener disciplina, rutina, responsabilidades y hasta una posición dentro de la iglesia, y aun así estar espiritualmente seca. La forma puede organizar el cuerpo, pero solamente Dios puede darle vida.
Después aparecen los tendones, y esta etapa representa algo importante: comienza a existir conexión. Lo que antes estaba separado empieza a sostenerse desde adentro. Hay fortaleza, estabilidad y capacidad para permanecer unido. En nuestra vida cristiana también puede llegar un momento en el que comenzamos a desarrollar raíces, disciplina, conocimiento bíblico, carácter y fortaleza interior. Aprendemos a permanecer firmes cuando llegan las dificultades. Sin embargo, incluso esa fortaleza puede ser insuficiente si todavía no existe vida. Luego viene la carne y el cuerpo comienza a adquirir sustancia. Finalmente aparece la piel, cubriendo todo y dando una apariencia completa. La piel puede representar aquello que proyectamos hacia afuera: nuestra imagen, nuestra manera de presentarnos, lo que otros perciben de nosotros. Y aquí aparece una de las confrontaciones más profundas: podemos tener estructura, conexión, fortaleza, sustancia y apariencia, pero todavía estar esperando aquello que realmente transforma todo: el aliento de vida.
Hay cristianos que han recorrido cada una de esas etapas. Escucharon el ruido, comenzaron a organizar su vida, encontraron una estructura, desarrollaron fortaleza interior, adquirieron conocimiento, comenzaron a servir y construyeron una imagen que parece estar completa. Desde afuera todo parece estar en orden. Pueden hablar correctamente, conocer los códigos de la iglesia, ocupar una posición, participar constantemente y proyectar una vida espiritual admirable. Pero Dios no nos llamó solamente a parecer un cuerpo; nos llamó a vivir. La apariencia no puede sustituir la presencia de Dios. La actividad no puede sustituir la comunión con Él. La estructura no puede sustituir al Espíritu Santo. Porque puedes estar de pie y todavía no tener movimiento; puedes tener una apariencia correcta y todavía no tener dirección; puedes estar rodeado de personas y aun así estar desconectado de Dios. El problema de los huesos secos no era que estuvieran desorganizados. El problema era que estaban muertos.
Por eso, la pregunta no es solamente si tenemos forma, sino si tenemos vida. No se trata únicamente de cuánto hacemos, cuánto sabemos, cuánto tiempo llevamos en la iglesia o qué imagen proyectamos, sino de si el aliento de Dios está produciendo en nosotros una vida que solamente Él puede producir. Ezequiel 37 muestra que después de que los huesos fueron unidos, cubiertos y formados, Dios ordenó que el aliento entrara en ellos, y entonces vivieron y se pusieron en pie. Ese es el punto: Dios no quiere solamente levantarnos; quiere darnos vida. No quiere solamente construir una estructura alrededor de nosotros; quiere transformar nuestro interior. La iglesia necesita estructura, pero nunca debe confundir estructura con vida. Necesitamos disciplina, pero la disciplina no reemplaza al Espíritu. Necesitamos orden, pero el orden no reemplaza la presencia de Dios. Podemos tener la piel correcta, la apariencia correcta y la proyección correcta, pero si el aliento de vida no ha entrado, seguimos siendo huesos secos. La verdadera transformación comienza cuando dejamos de conformarnos con parecer vivos y permitimos que Dios nos haga vivir.




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