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Decido no angustiarme


En la vida hay dos grupos en los que inevitablemente estaremos, y la diferencia entre uno y otro no siempre depende de las circunstancias, sino de nuestras decisiones. El apóstol Pablo lo expresa con claridad cuando describe una realidad que todos enfrentamos: atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados. El primer grupo es automático, viene con el simple hecho de existir. Si estás vivo, enfrentarás presión, dificultades y momentos complejos. El segundo grupo, sin embargo, es una elección consciente: decidir cómo responder internamente ante lo que sucede externamente.


El mero hecho de existir nos garantiza que habrá días de tribulación. Habrá confrontaciones, problemas inesperados, puertas que se cierran y momentos de incertidumbre. Nadie está exento de eso. Pero la angustia es otra cosa. La angustia es interna; es la reacción del alma, el desorden emocional, el miedo que se apodera del pensamiento. Estar atribulado puede ser inevitable; vivir angustiado es opcional. Ahí es donde entra la fe. La fe no elimina la presión, pero sí transforma la manera en que la procesamos.


Lo mismo ocurre con los apuros. Todos, incluso los hombres y mujeres de fe más firmes, atravesarán momentos en los que estarán cerca de la “línea roja”, necesitando una respuesta, esperando una provisión, aguardando una resolución. Estar en apuro no significa falta de fe; significa que somos humanos. Sin embargo, la desesperación es otra dimensión. La desesperación nos hace actuar sin dirección, hablar sin sabiduría y perder la paz. Por eso Pablo establece esa diferencia tan poderosa: en apuros, pero no desesperados.


La clave está en comprender que una cosa es lo que vivimos por fuera y otra lo que permitimos que gobierne por dentro. No siempre podremos controlar las circunstancias, pero sí podemos gobernar nuestro interior con la verdad de la Palabra. Cuando decidimos confiar en Dios, elegimos no permitir que la angustia tome el control. Elegimos no dejarnos arrastrar por la desesperación, aun cuando las condiciones parezcan adversas. Esa decisión diaria fortalece el carácter y profundiza la relación con el Señor.


Al final, todo se resume en una convicción firme: mi socorro viene de Jehová, el que hizo los cielos y la tierra. Esa declaración no es un cliché religioso, es una postura espiritual. Puedo estar atribulado, pero no angustiado. Puedo estar en apuro, pero no desesperado. Porque mi confianza no está en lo que veo, sino en Aquel que gobierna sobre todo. Y cuando esa verdad se arraiga en el corazón, aprendemos a vivir con paz en medio de la presión y esperanza en medio de la necesidad.


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