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El Aliento del Espíritu

3 sept
3 min de lectura

Después de la resurrección, Jesús se presentó delante de sus discípulos y comenzó a declarar sobre ellos una palabra de paz: shalom. No era simplemente un deseo de tranquilidad, sino una declaración de que nada estaba perdido, nada estaba roto y nada estaba fuera del orden de Dios. “Paz a vosotros” era una palabra necesaria para hombres que habían atravesado miedo, confusión, dolor y la incertidumbre de lo que vendría después. Sin embargo, Jesús no se limitó a declarar paz sobre ellos. La Biblia dice que sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. Hay algo poderoso en esta escena: Jesús primero declara paz y luego sopla sobre ellos. El mensaje nos lleva a entender que Dios no solamente quiere traer tranquilidad a nuestra vida, sino también llenarnos de su presencia para que podamos vivir y hablar desde lo que Él ha depositado en nosotros.


El aliento precedió a lo que sucedería después. Esto nos ayuda a comprender que, como creyentes, no podemos depender únicamente del aliento natural para enfrentar las demandas espirituales de nuestra vida. Nuestros pulmones pueden llenarse de aire, pero nuestro interior necesita llenarse del aliento del Espíritu. Porque nuestras palabras no deben ser simplemente el resultado de lo que sentimos, pensamos o vemos; deben estar cargadas de aquello con lo que hemos sido llenos. Lo que llena nuestro interior termina encontrando una expresión en nuestra boca. Por eso es tan importante cuidar aquello que permitimos que gobierne nuestro corazón. Si estamos llenos de temor, nuestras palabras reflejarán temor; si estamos llenos de ansiedad, nuestras palabras reflejarán ansiedad. Pero cuando somos llenos del Espíritu de Dios, nuestra boca puede convertirse en un instrumento para declarar su verdad, su paz y su Palabra.


Esta misma realidad comienza a tomar otra dimensión cuando llegamos al libro de Hechos, capítulo 2. Los discípulos estaban juntos, esperando conforme a la instrucción de Jesús, y entonces ocurrió algo extraordinario: “vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados”. El lenguaje vuelve a llevarnos al viento, al soplo, al aliento. Aquellos que habían recibido el mandato de esperar ahora experimentaban la manifestación del Espíritu Santo de una manera poderosa. El texto continúa diciendo que aparecieron lenguas repartidas como de fuego sobre cada uno de ellos, fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas. El proceso es significativo: hay soplo, hay llenura y luego hay expresión. Lo que Dios hizo dentro de ellos terminó manifestándose a través de ellos. No se trataba solamente de una experiencia para permanecer encerrada en aquella habitación; el Espíritu los estaba capacitando para salir y anunciar las maravillas de Dios.


Esto nos confronta con una pregunta importante: ¿de qué estamos llenando nuestro interior? Porque tarde o temprano aquello que nos llena encontrará una voz. Los discípulos no recibieron el Espíritu Santo simplemente para sentirse diferentes, sino para ser capacitados para cumplir la misión que Cristo les había entregado. El Espíritu Santo transforma nuestra manera de responder, de hablar, de servir y de anunciar el evangelio. Antes de que Pedro se levantara a hablar públicamente en Pentecostés, hubo un momento en el que los discípulos fueron llenos. La boca habló después de que el interior fue tocado por Dios. Hay una conexión entre lo que sucede en lo secreto y lo que posteriormente se manifiesta en público. Por eso, antes de pedirle a Dios que use nuestras palabras, necesitamos pedirle que llene nuestro corazón. Antes de querer tener algo que decirle al mundo, necesitamos tener algo que hemos recibido de Él.


La invitación para nosotros hoy es a no vivir únicamente del aire que respiramos, sino a procurar continuamente la llenura del Espíritu Santo. Jesús sigue siendo nuestra paz y su presencia sigue siendo nuestra fuente. Cuando el Espíritu llena nuestra vida, nuestras palabras pueden convertirse en vehículos de verdad, esperanza y vida para otros. No se trata de hablar por hablar, sino de permitir que aquello que Dios ha hecho en nuestro interior encuentre expresión en nuestra boca y en nuestras acciones. El mismo Dios que sopló sobre sus discípulos y que llenó aquella casa en Pentecostés continúa formando un pueblo que anuncia su Reino con poder y con la verdad de su Palabra. Primero el soplo, luego la llenura y después la voz. Que nuestra oración sea que Dios vuelva a llenar nuestros pulmones espirituales con su aliento, para que cuando hablemos, no sea simplemente nuestra voz la que se escuche, sino una vida rendida y llena de su Espíritu.

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