El amor comienza en Dios
- Pastor Otoniel Font

- Aug 13
- 3 min read
El amor verdadero comienza cuando entendemos que nosotros no somos la fuente del amor, sino sus receptores. La fórmula correcta comienza con Dios: primero recibo su amor, luego aprendo a verme desde ese amor y, como resultado, puedo amar correctamente a los demás. Muchas veces intentamos construir nuestra identidad a partir de lo que otras personas piensan de nosotros, de nuestros logros, de nuestra apariencia o incluso de nuestra autoestima. Sin embargo, el evangelio nos presenta una verdad mucho más profunda: nuestra capacidad de amar no comienza en nosotros, comienza en Dios. Cuando entendemos que Él nos amó primero, incluso antes de que pudiéramos responderle, nuestro corazón comienza a ser transformado por una seguridad que no depende de la aprobación humana.
Cuando recibimos el amor de Dios, también cambia la manera en que nos vemos a nosotros mismos. No se trata simplemente de tener una buena autoestima o de convencernos de que somos suficientes. Se trata de comprender lo que Dios hizo por nosotros en Cristo. Si Dios entregó a su Hijo por nosotros en la cruz, entonces nuestra vida tiene un valor que no está determinado por las opiniones de los demás. Podemos mirarnos desde la gracia, desde la misericordia y desde el amor de Dios. Esto no significa ignorar nuestras debilidades, errores o áreas que necesitan ser transformadas; significa que dejamos de definirnos únicamente por ellas. Comenzamos a ver nuestra vida a través de Cristo y entendemos que el amor de Dios es la base desde la cual podemos caminar, crecer y ser transformados.
Por eso, amarnos a nosotros mismos correctamente no significa colocarnos en el centro de todo. Significa aprender a recibir el amor de Dios y permitir que ese amor ordene nuestra manera de vivir. Jesús enseñó que el primer mandamiento es amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, y que el segundo es amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero también encontramos en Juan 13:34 un mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Aquí encontramos la medida del amor cristiano: Cristo mismo. Ya no se trata solamente de amar según lo que sentimos, según lo que recibimos de otras personas o según lo que creemos merecer. Se trata de aprender a amar desde el amor que hemos recibido de Él.
Cuando Cristo se convierte en la referencia, nuestra manera de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con los demás comienza a tomar una nueva dirección.
Esto también nos ayuda a entender por qué muchas veces tenemos dificultad para amar a otros correctamente. Si intentamos dar lo que nunca hemos aprendido a recibir, terminamos buscando en las personas algo que solamente Dios puede establecer en nosotros. Podemos depender excesivamente de la aprobación, exigir amor, sentirnos rechazados fácilmente o amar solamente cuando somos correspondidos. Pero cuando el corazón está afirmado en el amor de Dios, ya no necesitamos que cada persona confirme nuestro valor para poder caminar con seguridad. Podemos amar sin convertir a los demás en la fuente de nuestra identidad. Podemos perdonar, servir, establecer límites, extender gracia y tratar al prójimo con dignidad porque nuestra identidad ya está fundamentada en Cristo. El amor recibido de Dios no nos encierra en nosotros mismos; nos capacita para salir de nosotros mismos y amar de una manera que refleja el evangelio.
La secuencia, entonces, es mucho más profunda de lo que parece: recibo el amor de Dios, aprendo a verme a través de ese amor, amo a Dios y, desde esa realidad, puedo amar al prójimo conforme al evangelio. Todo comienza con Él. Cuando entendemos cuánto nos amó Dios y lo demostramos en Cristo, dejamos de buscar nuestra identidad únicamente en lo que otros pueden darnos. El amor de Dios se convierte en el fundamento desde el cual entendemos quiénes somos y cómo debemos relacionarnos con los demás. Si Él nos amó primero, podemos aprender a vivir desde ese amor. Y cuando el corazón está lleno de ese amor, ya no amamos solamente porque esperamos recibir algo a cambio; amamos porque hemos conocido al Dios que nos amó primero.




Comments