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¿Qué voz estás escuchando?

31 ago
3 min de lectura

En la vida, y especialmente cuando tenemos que tomar decisiones importantes, necesitamos aprender a distinguir entre el discernimiento del Espíritu y nuestra propia intuición natural. No todo lo que sentimos es necesariamente una dirección de Dios, y no toda idea que parece lógica significa que debemos seguirla. Cuando se trata de decisiones de negocio, ministerio, relaciones o proyectos, podemos escuchar diferentes voces dentro de nosotros. Algunas pueden ser útiles y otras pueden llevarnos a equivocarnos. Por eso, la madurez espiritual no consiste simplemente en tomar decisiones basándonos en lo que sentimos, sino en aprender a discernir qué voz está guiando nuestros pasos.


Hay diferentes voces que pueden influir en nuestras decisiones: la voz del ego, la voz de la experiencia, la voz de la lógica y también nuestros deseos, emociones y temores. Todas estas áreas forman parte de nuestra humanidad y pueden tener un lugar correcto en nuestras decisiones. La experiencia puede enseñarnos, la lógica puede ayudarnos a evaluar, y hasta un nivel saludable de confianza puede impulsarnos a avanzar. El problema aparece cuando alguna de estas voces toma el control y comienza a ocupar el lugar que solamente le corresponde a Dios. Algo puede tener sentido desde nuestra perspectiva y, aun así, no ser lo que Dios está diciendo. Por eso necesitamos aprender a detenernos, examinar lo que estamos escuchando y permitir que el Espíritu Santo nos dé discernimiento.


Incluso el ego debe ser entendido correctamente. Tener confianza en lo que Dios ha depositado en nosotros no significa necesariamente vivir en orgullo. El problema no es reconocer nuestras capacidades, sino permitir que nuestra percepción de nosotros mismos se convierta en algo más grande de lo que realmente somos. Pablo enseña en Romanos 12:3 que nadie debe tener más alto concepto de sí que el que debe tener, pero eso también implica que debemos tener un concepto correcto de nosotros mismos. La humildad no significa pensar que no servimos, que no tenemos valor o que nunca podemos hacer algo grande. La verdadera humildad consiste en reconocer quiénes somos, reconocer nuestras limitaciones y, sobre todo, reconocer quién es Dios y de dónde proviene lo que tenemos.


Por eso es tan importante desarrollar discernimiento. Antes de tomar una decisión, necesitamos preguntarnos qué está motivando nuestro corazón: ¿es la fe o el miedo?, ¿es obediencia o necesidad de demostrar algo?, ¿es dirección de Dios o simplemente nuestra experiencia hablándonos? Hay momentos en los que nuestra experiencia tendrá razón y momentos en los que nuestra lógica será útil, pero también habrá ocasiones en las que Dios nos pedirá caminar en una dirección que no parece ser la más evidente. Discernir significa aprender a reconocer la diferencia. No se trata de ignorar la experiencia, la lógica o nuestras capacidades, sino de ponerlas en el lugar correcto y permitir que la voz de Dios tenga la autoridad final sobre nuestras decisiones.


Esto también aplica a nuestras palabras y a la manera en que nos relacionamos con los demás. No solamente necesitamos discernir qué voz escuchamos; también necesitamos discernir qué voz estamos transmitiendo. Una palabra puede salir de la frustración, del orgullo, del temor o de una reacción emocional, cuando en realidad Dios nos está llamando a responder de otra manera. La madurez espiritual nos lleva a detenernos antes de reaccionar y a preguntarnos qué está produciendo nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestras acciones. Hay muchas voces hablando constantemente, pero no todas merecen nuestra atención. Aprender a discernir es aprender a reconocer cuándo nuestra mente, nuestras emociones y nuestra experiencia están hablando, y cuándo debemos hacer silencio para escuchar al Espíritu.

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