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Respira Diferente

2 sept
4 min de lectura

Hay momentos en los que Dios no solamente quiere cambiar lo que hacemos, sino transformar la manera en que pensamos, hablamos y vivimos. Su deseo es que podamos salir de ciertos lugares y temporadas siendo personas diferentes, porque hemos aprendido a respirar el aliento del Espíritu y a llenarnos de ese soplo de vida que solamente Él puede dar. Cuando el Espíritu de Dios comienza a llenar nuestra vida, algo cambia en nuestro interior: aparecen palabras nuevas, ideas nuevas, pensamientos renovados y una perspectiva diferente. Ya no hablamos únicamente desde nuestras experiencias, emociones o capacidades naturales, sino desde aquello que Dios está formando en nosotros. El impacto que Dios quiere producir a través de nuestra vida requiere una transformación interna que eventualmente se manifiesta en nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás. Por eso, no se trata solamente de asistir a un evento, recibir una palabra o vivir un momento emocional; se trata de permitir que el Espíritu Santo transforme nuestra estructura mental y espiritual para que, al salir, podamos hablar, actuar y caminar de una manera diferente.


Predicar es diferente cuando lo hacemos bajo la autoridad del Espíritu Santo. Hablar es diferente cuando nuestras palabras están cargadas de convicción, fe y dirección de Dios. Hay una diferencia entre simplemente tener algo que decir y tener una palabra que nace de una vida que ha aprendido a escuchar al Espíritu. Esa misma realidad aplica a cada área de nuestra vida, incluyendo nuestras decisiones, nuestro liderazgo y nuestros negocios. Muchas veces creemos que tomar buenas decisiones depende únicamente de cuánto sabemos, de nuestra experiencia o de nuestra capacidad para analizar una situación. Sin embargo, una persona puede tener mucha información y aun así tomar una decisión equivocada. Por eso es necesario aprender a distinguir entre el discernimiento espiritual y la intuición natural. La intuición puede ser útil, la experiencia puede ser valiosa y la lógica puede ayudarnos a evaluar escenarios, pero ninguna de estas cosas debe ocupar el lugar que le corresponde a la dirección de Dios. El verdadero desafío está en aprender a reconocer qué voz estamos escuchando antes de tomar una decisión que puede afectar nuestro futuro, nuestro negocio, nuestra familia o nuestro propósito.


En el mundo empresarial, como en la vida, existen diferentes voces que pueden influir sobre nuestras decisiones. Puede hablarnos nuestro ego, nuestra experiencia, nuestra lógica, nuestras emociones y aquello que percibimos naturalmente de una situación. Cada una de estas voces puede tener algún valor, pero también puede equivocarnos cuando permitimos que gobierne sin discernimiento. La experiencia, por ejemplo, puede enseñarnos muchísimo, pero también puede hacernos pensar que porque algo ocurrió de determinada manera en el pasado necesariamente volverá a ocurrir igual. La lógica nos permite analizar y organizar, pero hay decisiones que Dios nos llama a tomar que no siempre parecen lógicas desde una perspectiva humana. Incluso el ego puede tener una función cuando está bajo control, porque necesitamos cierto nivel de seguridad y confianza para avanzar, liderar y asumir responsabilidades. El problema aparece cuando el ego deja de estar bajo nuestro dominio y comienza a dominarnos. Cuando nuestra necesidad de demostrar quiénes somos se vuelve más grande que nuestra capacidad de escuchar a Dios, terminamos tomando decisiones para alimentar nuestra imagen en lugar de cumplir nuestro propósito.


Por eso, la humildad bíblica no significa pensar que no valemos nada ni vivir constantemente menospreciándonos. La humildad significa tener una perspectiva correcta de quiénes somos delante de Dios. Pablo lo expresa al enseñar que nadie debe tener más alto concepto de sí mismo que el que debe tener. Esto implica que debemos evitar tanto la arrogancia como la falsa humildad. No se trata de caminar pensando que somos superiores a los demás, pero tampoco de vivir convencidos de que no tenemos valor, capacidad o propósito. Hay una confianza saludable que nos permite reconocer los dones que Dios nos ha dado sin convertirlos en una fuente de orgullo. El objetivo no es eliminar nuestra personalidad, nuestra experiencia, nuestra capacidad de pensar o nuestra seguridad, sino poner cada cosa en su lugar. Cuando el ego está sometido, puede servir; cuando gobierna, puede destruir. Cuando la experiencia está sometida a Dios, puede ser una herramienta; cuando gobierna nuestras decisiones, puede impedirnos reconocer que Dios está haciendo algo nuevo. Y cuando la lógica está acompañada por discernimiento espiritual, puede ayudarnos a administrar correctamente aquello que Dios ha colocado en nuestras manos.


La invitación, entonces, es a aprender a respirar diferente: a dejar que el Espíritu Santo renueve nuestra mente, transforme nuestras palabras y dirija nuestras decisiones. Dios quiere que nuestras conversaciones tengan propósito, que nuestras ideas produzcan impacto y que nuestras decisiones estén alineadas con aquello que Él quiere hacer a través de nosotros. Esto requiere aprender a detenernos, escuchar y discernir antes de actuar. No todo pensamiento que llega a nuestra mente debe convertirse inmediatamente en una decisión, y no toda oportunidad que parece buena necesariamente es una asignación de Dios. Necesitamos desarrollar sensibilidad espiritual para reconocer Su dirección en medio de todas las voces que intentan influenciarnos. Cuando aprendemos a respirar el aliento del Espíritu, comenzamos a vivir desde una fuente diferente. Entonces nuestras palabras cambian, nuestra manera de pensar cambia y nuestra manera de liderar cambia. Y cuando una persona cambia desde adentro, el impacto eventualmente alcanza todo lo que está alrededor de ella. Dios no solamente quiere que salgas de una experiencia emocionado; quiere que salgas transformado, con pensamientos renovados, palabras nuevas y la autoridad para caminar en aquello que Él ha puesto delante de ti.

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