Sé Tú el Prójimo
- Pastor Otoniel Font

- Aug 11
- 3 min read
La vida cristiana no se trata solamente de identificar quién es nuestro prójimo, sino de preguntarnos cuán prójimos estamos siendo nosotros con las personas que Dios coloca delante de nosotros. En la parábola del buen samaritano, Jesús cambia completamente la perspectiva de la pregunta. El intérprete de la ley quería saber quién calificaba como su prójimo, pero Jesús lo lleva a entender que el verdadero llamado no consiste en establecer límites sobre a quién debemos amar, ayudar o extender misericordia. Al final de la historia, cuando Jesús pregunta quién fue el prójimo del hombre herido, la respuesta apunta directamente al que tuvo misericordia de él. Entonces Jesús le dice: “Ve y haz tú lo mismo”. Es decir, no esperes que alguien necesite cumplir ciertos requisitos para decidir si merece tu compasión. Cuando ves una necesidad, tienes la oportunidad de convertirte en prójimo.
Ser prójimo implica tomar la iniciativa. Es ver a alguien que está atravesando una necesidad y no pasar de largo como si no fuera nuestro problema. El prójimo es aquel que se detiene, que observa, que tiene misericordia y que busca de alguna manera aliviar la carga que tiene delante. Esto no significa que podamos solucionar todos los problemas de las personas ni que tengamos todos los recursos para responder a cada necesidad, pero sí significa que como creyentes no debemos vivir indiferentes ante el dolor de los demás. Dios nos ha llamado a vivir de una manera diferente. El mandamiento no fue dado para que lo analicemos desde la distancia, sino para que lo vivamos. Si hemos recibido misericordia, estamos llamados a extender misericordia. Si hemos conocido el amor de Dios, ese amor debe transformar también la manera en que vemos, tratamos y servimos a quienes nos rodean.
Por eso, cuando Jesús resume la ley diciendo que debemos amar al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no está presentando una idea secundaria de la fe. El amor a Dios y el amor al prójimo están profundamente conectados. Amar a Dios debe producir en nosotros una disposición diferente hacia las personas. El problema aparece cuando convertimos nuestras propias experiencias, heridas o carencias en una excusa para no amar. Algunos pueden pensar: “Yo no abrazo porque a mí nunca me abrazaron”, “yo no demuestro cariño porque nadie lo hizo conmigo” o “yo no ayudo porque cuando yo lo necesité, nadie estuvo ahí”. Pero el evangelio nos llama a romper con esa lógica. Nuestra manera de tratar a los demás no tiene que estar determinada por lo que recibimos de las personas, sino por lo que hemos recibido de Dios. El creyente no está llamado simplemente a devolver lo que recibió; está llamado a reflejar la gracia que recibió de Cristo.
Esto también nos confronta con una pregunta muy personal: ¿cuántas veces hemos visto una necesidad y hemos decidido continuar nuestro camino? Tal vez no siempre se trata de grandes acciones. A veces ser prójimo puede comenzar con detenernos a escuchar, ofrecer una palabra de ánimo, ayudar a alguien que está cargando una dificultad, acompañar a una persona que atraviesa un momento complicado o simplemente mostrar una misericordia que alguien no esperaba recibir. La oportunidad de amar puede aparecer en lugares cotidianos: en nuestra casa, en el trabajo, en la iglesia, con nuestros amigos o incluso con personas que no conocemos. La pregunta no debería ser únicamente “¿quién merece mi ayuda?”, sino “¿cómo puedo ser yo una expresión del amor de Dios para esta persona?”. Cuando entendemos esto, dejamos de vivir esperando que otros den el primer paso y comenzamos a tomar nosotros la iniciativa.
Jesús terminó la enseñanza del buen samaritano con una instrucción sencilla, pero profundamente desafiante: “Ve y haz tú lo mismo”. Esa palabra continúa confrontando nuestra manera de vivir. Ser prójimo no es solamente un concepto que entendemos; es una decisión que demostramos con nuestras acciones. Dios nos llama a mirar más allá de nosotros mismos, a no permitir que nuestras heridas se conviertan en una barrera para amar y a recordar que nuestra identidad como creyentes también se refleja en la manera en que respondemos a las necesidades de los demás. No siempre podremos cambiar las circunstancias de una persona, pero sí podemos decidir no pasar de largo. Podemos detenernos. Podemos mostrar misericordia. Podemos extender la mano. Podemos amar. Y quizás, en ese momento sencillo en el que decidimos acercarnos en lugar de alejarnos, alguien pueda experimentar a través de nosotros un poco del amor que primero recibimos de Dios.




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