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Un Lenguaje Nuevo

1 sept
3 min de lectura

Antes de hablar, Dios sopla vida. Ese detalle revela un principio poderoso: Dios no quería que sus discípulos fueran a anunciar el evangelio dependiendo únicamente de sus propias capacidades, conocimientos o palabras. Antes de enviarlos a hablar, los llenó de su Espíritu. El proceso comienza con el aliento de vida porque el mensaje que transforma vidas no puede depender solamente del aliento humano. Podemos tener buenas ideas, conocimiento, experiencia y facilidad para comunicarnos, pero cuando Dios quiere usarnos para llevar su Palabra, primero trabaja en nuestro interior. El Espíritu Santo es quien da vida, dirección y poder a aquello que proclamamos. Las palabras pueden salir de nuestra boca, pero es Dios quien puede hacer que esas palabras lleguen al corazón y produzcan fruto.


En Pentecostés vemos cómo Dios no solamente llena a sus discípulos con el Espíritu, sino que también transforma su manera de comunicarse. Les da un lenguaje que podían entender personas de diferentes lugares y culturas. El énfasis no está simplemente en hablar otro idioma, sino en comprender que Dios estaba preparando a sus discípulos para comunicar su mensaje más allá de sus propias limitaciones. El evangelio iba a salir de un pequeño grupo de hombres para alcanzar a personas de diferentes naciones. Por eso, antes de enviarlos, Dios los equipa. Primero viene el soplo, luego viene el lenguaje y finalmente viene la proclamación. Hay un orden en el proceso: Dios transforma primero al mensajero para después utilizar su voz como instrumento para alcanzar a otros.


Esto también nos confronta con nuestra propia manera de hablar. Cuando el Espíritu Santo comienza a gobernar nuestra vida, nuestro lenguaje no puede permanecer exactamente igual. Dios comienza a reconfigurar nuestra manera de expresarnos, nuestras conversaciones, nuestras respuestas y hasta aquello que escogemos callar. Nuestro dialecto espiritual tiene que ser diferente. No se trata simplemente de utilizar palabras religiosas, sino de permitir que lo que hablamos refleje lo que Dios está haciendo en nosotros. Una persona llena del Espíritu comienza a hablar desde una perspectiva diferente. Donde antes había desesperanza, comienza a declarar esperanza; donde había temor, aprende a confiar; donde había condenación, comienza a comunicar la verdad de la gracia de Dios. El Espíritu Santo no solamente quiere cambiar lo que decimos en una plataforma; quiere transformar nuestra conversación cotidiana.


Por eso resulta tan significativo lo que ocurrió cuando Pedro se levantó a predicar. Humanamente hablando, no parecía ser el candidato más impresionante para impactar a una multitud. Sin embargo, después de haber sido lleno del Espíritu Santo, Pedro se levantó y habló con una autoridad que no provenía de títulos académicos ni de una preparación intelectual extraordinaria. Su mensaje produjo una respuesta extraordinaria: miles de personas respondieron al evangelio. Lo que había cambiado no era solamente su vocabulario; había cambiado la fuente desde la cual hablaba. El mismo Pedro que antes había negado a Jesús ahora se encontraba anunciándolo públicamente. El mismo hombre que había tenido miedo ahora hablaba con valentía. Esto nos recuerda que Dios puede tomar una voz aparentemente ordinaria y utilizarla de manera extraordinaria cuando esa voz está rendida al Espíritu Santo.


La pregunta, entonces, no es solamente: “¿Qué voy a decir?”, sino: “¿De qué fuente estoy hablando?”. Dios sigue formando mensajeros que no dependan únicamente de su propio aliento, sino que aprendan a hablar con la carga, dirección y poder del Espíritu Santo. Antes de pedirle a Dios una plataforma, necesitamos permitirle transformar nuestro interior. Antes de querer que nuestras palabras impacten a otros, necesitamos que su Espíritu transforme nuestra propia manera de vivir y hablar. Cuando Dios sopla vida sobre nosotros, también comienza a enseñarnos un lenguaje nuevo: un lenguaje que anuncia a Cristo, comunica esperanza, proclama verdad y apunta al Reino de Dios. Porque cuando el Espíritu cambia la fuente, también cambia la voz. Y cuando Dios cambia nuestra voz, puede usar nuestras palabras para llevar vida a quienes necesitan escuchar el mensaje del evangelio.

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