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Amar es un Mandamiento

Amar no es algo opcional. En muchas ocasiones podemos pensar que amar depende de lo que sentimos, de cómo nos han tratado o de si consideramos que la otra persona merece nuestro amor. Sin embargo, cuando Jesús habla del amor al prójimo, no lo presenta como una recomendación para aquellos que tengan deseos de hacerlo, sino como un mandamiento. Amar es parte de la obediencia a Dios. Por eso, el amor cristiano no puede estar condicionado únicamente por nuestras emociones. Habrá momentos en los que sentiremos cariño, cercanía y compasión, pero también habrá momentos en los que no querremos acercarnos, perdonar o hacer el bien. Aun así, el llamado permanece: amar. Esto significa que el creyente aprende a vivir no gobernado por lo que siente en determinado momento, sino sometido a la voluntad de Dios. El amor que Cristo demanda no comienza preguntando si la otra persona lo merece; comienza reconociendo que Dios ha establecido cómo debemos relacionarnos con nuestro prójimo.


Esta verdad queda clara en el encuentro de Jesús con los escribas y fariseos. Tanto en Mateo como en Marcos encontramos el contexto de una confrontación en la que algunos religiosos intentaban poner a Jesús a prueba y encontrar una razón para acusarlo. Uno de ellos le preguntó cuál era el gran mandamiento de la Ley. La pregunta parecía sencilla, pero detrás de ella había una intención de poner a Jesús a prueba. Sin embargo, Jesús respondió llevando la conversación al centro mismo de la voluntad de Dios: “Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Pero Jesús no terminó ahí. Añadió un segundo mandamiento inseparable del primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Con esto, Jesús mostró que nuestra relación con Dios no puede separarse de la manera en que tratamos a las personas. El amor a Dios y el amor al prójimo no son dos caminos independientes. Una vida que afirma amar a Dios debe reflejarlo también en la manera en que responde, sirve, perdona y trata a los demás.


Entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién es mi prójimo? Esa misma pregunta aparece en Lucas 10 cuando alguien, queriendo justificarse, le pregunta a Jesús quién debía ser considerado su prójimo. Jesús responde con la parábola del buen samaritano y cambia por completo la perspectiva. El punto no era simplemente identificar qué personas calificaban para recibir nuestro amor, sino mostrar qué significa convertirnos nosotros mismos en prójimos de aquellos que necesitan misericordia. Esto confronta una tendencia muy humana: establecer límites alrededor de nuestro amor. Podemos amar fácilmente a quienes nos aman, respetan o piensan como nosotros, pero Jesús lleva el mandamiento mucho más lejos. El prójimo no es solamente la persona que pertenece a nuestro círculo, que comparte nuestras ideas o que nos ha hecho bien. El llamado de Cristo nos lleva a mirar al otro con misericordia y a actuar conforme a la voluntad de Dios. Por eso, amar al prójimo requiere más que palabras; requiere decisiones concretas que demuestren el carácter que Dios desea formar en nosotros.


Esto también significa que amar no siempre se verá como algo cómodo. Hay personas que pueden herirnos, decepcionarnos o incluso tratarnos injustamente, y eso no elimina el mandamiento de Dios. Amar no significa aprobar el pecado, ignorar los límites o permitir que alguien continúe haciéndonos daño. Tampoco significa que nunca tendremos emociones negativas. Significa que nuestras acciones no deben estar gobernadas exclusivamente por esas emociones. Podemos establecer límites y, al mismo tiempo, decidir no responder con odio. Podemos confrontar una situación y hacerlo sin abandonar la misericordia. Podemos sentir dolor y aun así escoger obedecer a Dios. El amor bíblico no es simplemente una emoción pasajera; es una expresión de obediencia que busca el bien conforme a la verdad de Dios. Por eso necesitamos aprender a vivir en este mandamiento incluso cuando nuestros sentimientos cambian. Si solamente amamos cuando nos resulta fácil, nuestro amor estará determinado por las circunstancias. Pero cuando entendemos que amar es un mandamiento, comenzamos a preguntarnos no solamente “¿qué siento por esta persona?”, sino “¿cómo quiere Dios que responda ante esta persona?”.


Al final, el mandamiento de amar al prójimo nos lleva nuevamente a Cristo. Él no solamente habló acerca del amor; mostró con su propia vida lo que significa amar de manera sacrificial y obediente. El amor cristiano nace de haber entendido primero el amor de Dios y se expresa en una vida que busca obedecerle. Por eso, la pregunta no debería ser únicamente si queremos amar, sino si estamos dispuestos a obedecer cuando amar nos cuesta. Dios nos llama a amar cuando es fácil y cuando es difícil, cuando recibimos amor y cuando no lo recibimos de vuelta. Amar al prójimo no es una opción que activamos según nuestro estado de ánimo; es parte del llamado de quienes desean vivir conforme a Cristo. Y quizá la próxima vez que nos encontremos pensando “yo no quiero amar a esta persona”, la pregunta que debemos hacernos no es “¿qué siento?”, sino “¿qué me ha mandado Dios?”. Porque cuando entendemos que amar es un mandamiento, dejamos de tratar el amor como una opción y comenzamos a verlo como una expresión concreta de nuestra obediencia a Dios.

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