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Ciertamente

7 oct
3 min de lectura

Hay momentos en los que lo que Dios nos ha prometido parece estar muy lejos de nuestra realidad. Podemos escuchar una palabra, recibir una promesa y creer con todo nuestro corazón que Dios hará aquello que dijo, pero luego pasan los días, los meses y hasta los años, y comenzamos a preguntarnos si realmente sucederá. Es precisamente en esos momentos cuando necesitamos recordar una verdad fundamental: ninguna de las promesas de Dios es vana. Dios no habla por hablar, ni promete algo para luego olvidarlo. Lo que Él ha dicho permanece firme, aunque nuestras circunstancias cambien, aunque el proceso sea largo y aunque nuestros ojos todavía no puedan ver aquello que esperamos. La promesa de Dios no pierde su valor porque todavía no se haya cumplido delante de nosotros. Su Palabra continúa siendo verdadera aun cuando estamos en medio de la espera.


Quizás hoy estás viviendo una temporada en la que tu mente constantemente te dice: “No es cierto”, “Eso no puede pasar”, “Ya pasó demasiado tiempo” o “Tal vez entendí mal lo que Dios me dijo”. Esas voces pueden crecer cuando miramos únicamente nuestras circunstancias y dejamos de mirar a Aquel que hizo la promesa. Pero la fe nos lleva a descansar en el carácter de Dios. Si Dios lo dijo, podemos confiar en que Él sabe cómo, cuándo y de qué manera cumplirá aquello que ha determinado. Esto no significa que todo ocurrirá exactamente como nosotros lo imaginamos, ni que podemos utilizar las promesas de Dios para exigirle que cumpla nuestros propios deseos. Significa que podemos confiar en que Dios es fiel a Su Palabra y que aquello que Él ha establecido no depende de nuestra capacidad para verlo inmediatamente. Hay procesos que necesitan tiempo, hay respuestas que requieren espera y hay cosas que solamente podremos comprender cuando miremos hacia atrás.


Llegará un momento en el que podrás mirar aquello que hoy parece imposible y decir: “Ciertamente, esto es todo lo que Dios me prometió. Ciertamente, esto es todo lo que Dios me dijo”. Tal vez hoy no entiendes el camino, pero un día podrás reconocer cómo cada etapa, cada espera, cada puerta que se cerró y cada momento en el que pensaste que nada estaba sucediendo formaban parte de una historia que Dios estaba escribiendo. Lo que ahora parece confuso puede adquirir sentido cuando llegue el cumplimiento. Por eso, no permitas que la espera convierta tu confianza en incredulidad. No confundas el silencio de una temporada con la ausencia de Dios. El hecho de que todavía no puedas ver el resultado no significa que Dios haya dejado de obrar. Muchas veces, mientras nosotros esperamos una respuesta visible, Dios está trabajando en áreas que todavía no podemos percibir.


También necesitamos entender que esperar una promesa no significa quedarnos paralizados. Mientras esperamos, seguimos caminando, seguimos obedeciendo, seguimos creyendo y seguimos haciendo aquello que Dios ha puesto delante de nosotros. La fe no consiste solamente en decir que creemos cuando todo está resuelto; la verdadera confianza se manifiesta precisamente cuando todavía no tenemos todas las respuestas. Cuando tu mente vuelva a decirte “no puede pasar”, recuerda quién fue el que habló. Cuando aparezca el pensamiento de que “ya es demasiado tarde”, recuerda que Dios no está limitado por nuestro calendario. Y cuando sientas que la promesa se ha perdido en medio de las circunstancias, vuelve a Su Palabra. No necesitas fabricar una certeza emocional todos los días; necesitas volver una y otra vez al Dios que permanece fiel. Nuestra seguridad no está en lo que sentimos acerca de la promesa, sino en quién es Dios.


Por eso, cuando llegue el día en que puedas mirar con tus propios ojos aquello que durante tanto tiempo esperaste, no olvides el proceso que te llevó hasta allí. Podrás decir: “Ciertamente, Dios fue fiel”. No porque todo haya ocurrido de la manera que imaginabas, sino porque descubriste que Sus promesas nunca fueron vanas. Quizás hoy estás en el capítulo de la espera, pero no sabes cómo terminará la historia que Dios está escribiendo. Sigue confiando. Sigue caminando. Sigue creyendo. No permitas que una temporada difícil tenga la última palabra sobre lo que Dios ha dicho. Lo que hoy parece imposible puede convertirse mañana en un testimonio de Su fidelidad. Y cuando llegue ese momento, podrás mirar atrás y reconocer que aun cuando no lo veías, Dios seguía siendo Dios; aun cuando no entendías, Él seguía obrando; y aun cuando tu mente decía “no es cierto”, Su Palabra permanecía firme. Ciertamente, Dios es fiel.

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