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Cuando el afecto se convierte en ofrenda

El salmista David se encuentra en uno de los momentos más determinantes de su vida cuando declara públicamente lo que hay en su corazón, según 1 Crónicas 29. Dios había escogido a Salomón, su hijo, joven y tierno de edad, para una obra inmensa: edificar la casa del Señor. David reconoce que esa casa no sería para hombre alguno, sino para Jehová Dios mismo. Con esa convicción, afirma que con todas sus fuerzas había preparado materiales, recursos y riquezas para la construcción. Oro, plata, bronce, hierro, madera y piedras preciosas fueron reunidas con intención y propósito. Todo lo que David hizo como rey fue extraordinario, responsable y visionario, demostrando que entendía la magnitud de lo que Dios estaba por hacer en medio de su pueblo.

Sin embargo, el trasfondo de este pasaje es aún más profundo cuando recordamos que David deseaba construir él mismo la casa de Dios, pero el Señor se lo negó debido a que sus manos estaban ensangrentadas por la guerra. Lejos de amargarse, frustrarse o retirarse, David toma una decisión que revela su carácter: no construiría el templo, pero lo dejaría todo preparado para que otro lo hiciera. En vez de detenerse, conquistó nuevos territorios, acumuló recursos y organizó todo lo necesario para que Salomón pudiera cumplir el propósito divino. David entendió que no todo llamado se cumple en nuestras manos, pero sí puede ser preparado con nuestras manos.


El momento culminante llega cuando David hace una aclaración poderosa: todo lo que había descrito hasta ese punto era lo que había hecho como rey, desde su posición, autoridad y responsabilidad pública. Pero entonces dice: “además de esto”. Esa frase marca una diferencia espiritual profunda. David reconoce que no es suficiente cumplir con lo institucional o lo esperado; su afecto estaba en la casa de su Dios. Por eso decide abrir su tesoro personal, lo que era suyo, lo que no estaba obligado a dar, y de allí ofrece oro y plata en abundancia para la obra del Señor. No era un acto político, era un acto de amor.


Aquí se revela una verdad que trasciende generaciones: una cosa es dar desde el rol, y otra muy distinta es dar desde el corazón. David pudo haberse conformado diciendo que ya había hecho suficiente como rey, que el reino había aportado lo necesario. Pero él entendía que cuando hay afecto, hay sacrificio. Cuando hay pasión, hay entrega. Su relación con Dios no se limitaba a su función pública, sino que se expresaba en su vida privada, en su tesoro personal, en su decisión de dar lo mejor de sí mismo para la presencia de Dios.


Finalmente, David lanza una pregunta que sigue resonando hasta hoy: “¿Quién quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová?”. No es una orden, es una invitación. Es un llamado a examinar dónde está nuestro afecto y qué lugar ocupa Dios en nuestras prioridades. La historia nos enseña que Dios no solo busca manos que trabajen, sino corazones que amen Su casa. Cuando nuestro afecto está en la presencia de Dios, dar deja de ser una obligación y se convierte en un privilegio. Ahí es donde nuestra ofrenda se transforma en adoración.


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