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La gloria que nace de la entrega


Jesús llamó a sus discípulos con una pregunta sencilla pero confrontativa: “¿Quién de ustedes me quiere seguir?”. No era una invitación superficial ni emocional; era un llamado a entender el peso real del discipulado. Muchos lo seguían porque querían verlo, porque los milagros atraían multitudes y despertaban asombro. Sanidades, liberaciones y provisión sobrenatural captaban la atención de todos. Sin embargo, Jesús sabía que seguirlo no se trataba solo de presenciar lo extraordinario, sino de comprender el propósito eterno detrás de cada acto. Los milagros eran señales, pero no el destino final.


Cada milagro que Jesús realizó glorificó al Padre. Cuando sanó a los enfermos, cuando multiplicó panes y peces, cuando levantó a Lázaro de los muertos, Dios fue exaltado delante del pueblo. La Escritura misma lo afirma: la enfermedad de Lázaro no era para muerte, sino para la gloria de Dios. Y así fue, porque muchos creyeron al ver a un hombre que había estado muerto caminar nuevamente entre ellos. El poder de Dios se manifestó de forma visible, tangible, y produjo conversión, fe y reconocimiento del cielo en la tierra.


Pero hay algo profundamente revelador en todo esto: ninguno de esos milagros representó la gloria máxima. Aunque glorificaron al Padre y confirmaron quién era Jesús, aún faltaba el acto supremo de obediencia. Jesús entendía que la gloria más grande no vendría del aplauso de la multitud ni del impacto de los milagros, sino de la entrega total. Había un momento decisivo donde la voluntad del Padre debía cumplirse por encima de toda fama, reconocimiento o resultado visible.


La cruz se convirtió entonces en el escenario de la mayor gloria. No porque fuera fácil, sino precisamente porque fue el punto de mayor sujeción. Allí Jesús dejó de ser celebrado para ser rechazado, dejó de ser seguido por multitudes para ser abandonado, y dejó de manifestar poder visible para rendirse completamente a la voluntad de Dios. Como un grano de trigo que cae en tierra y muere, su entrega parecía derrota, pero en realidad estaba gestando la mayor victoria de la historia.


Este mensaje confronta nuestra manera de medir la gloria de Dios hoy. Muchas veces creemos que Dios se glorifica solo en lo espectacular, en lo que impresiona y se ve. Sin embargo, el mayor peso de gloria se manifiesta cuando hay obediencia total, aun cuando duele, aun cuando cuesta, aun cuando no trae reconocimiento inmediato. Jesús nos mostró que la verdadera gloria no nace del milagro, sino de la cruz; no del éxito visible, sino de una vida rendida por completo a la voluntad del Padre.


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