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Cuidado con el orgullo


Es impresionante hasta dónde puede llegar un ser humano cuando comienza bien, pero descuida lo esencial. Muchas personas conocen a Dios en algún momento de su vida, experimentan Su gracia, Su favor y Su dirección, pero con el tiempo algo comienza a cambiar internamente. No es un cambio visible al principio; es sutil, silencioso, casi imperceptible. Sin embargo, ese pequeño giro interior puede marcar una gran diferencia en el destino espiritual de una persona. El problema no siempre es caer en errores evidentes, sino abandonar prácticas sencillas pero poderosas que mantienen el corazón alineado con Dios.


La primera señal de peligro es dejar de glorificar a Dios. Cuando todo marcha bien, cuando hay logros, avances y puertas abiertas, es fácil comenzar a atribuir el mérito a la capacidad personal, a la inteligencia o a la experiencia. Poco a poco se desplaza a Dios del centro y se coloca el “yo” en el trono. Glorificar a Dios no es solamente cantar o levantar las manos en un servicio; es reconocer diariamente que sin Él nada sería posible. Es entender que cada oportunidad, cada victoria y cada paso firme tiene una fuente divina. Cuando dejamos de darle gloria, comenzamos a caminar con una percepción distorsionada de quién sostiene realmente nuestra vida.


La segunda señal es dejar de dar gracias. La gratitud parece un acto pequeño, pero es una disciplina espiritual gigantesca. Dar gracias por la comida, por la ropa, por el trabajo, por la familia, incluso por el simple hecho de despertar un nuevo día, mantiene el corazón humilde y consciente de la provisión de Dios. Cuando la gratitud desaparece, nace la sensación de merecimiento, y cuando alguien cree que todo lo merece, pierde la capacidad de reconocer los milagros cotidianos. La gratitud no solo honra a Dios, también protege el alma del endurecimiento y de la indiferencia espiritual.


La tercera señal es volverse “demasiado sabio” en la propia opinión. No se trata de adquirir conocimiento, porque aprender es valioso; el problema surge cuando el conocimiento reemplaza la fe. Hoy existen muchas personas que saben hablar, aconsejar y opinar sobre todo, pero muestran pocos resultados reales en su vida. Mucha teoría y poca práctica. Mucha lógica y poca dependencia de Dios. Cuando la mente se llena de argumentos pero el corazón se vacía de fe, se produce un desequilibrio peligroso: se piensa demasiado y se cree muy poco. La inteligencia sin humildad termina alejando al ser humano de la sencillez de confiar en Dios.


Por eso existen tres acciones que deben permanecer constantes sin importar la etapa de la vida: glorificar a Dios, darle gracias y mantener una fe sencilla y dependiente. Glorificarle por todo, agradecerle por todo y reconocerle en todo. Estas prácticas mantienen el corazón alineado, la mente en su lugar correcto y el espíritu sensible. El día que una persona deja de glorificar y agradecer, comienza a envanecerse en sus pensamientos y razonamientos. Pero quien decide vivir en gratitud y honra continua, evita el orgullo silencioso y permanece conectado a la fuente verdadera de toda sabiduría y provisión.


Iglesia Fuente de Agua Viva Carolina, PR • 1 787-321-8888

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