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Humildad que refleja Su gloria


En el libro de los Hechos, capítulo 14, encontramos una escena poderosa que revela el corazón correcto de un siervo de Dios. El apóstol Pablo, junto a Bernabé, llega a una ciudad donde comienzan a predicar y a realizar milagros. La gente queda tan impactada por lo que ve y escucha que decide exaltarlos como si fueran dioses. Preparan sacrificios, organizan celebraciones y se disponen a rendirles honra. Sin embargo, en lugar de aceptar aquella admiración, Pablo rasga sus vestidos en señal de indignación y humildad, y declara con firmeza que él es un hombre igual que todos los demás. Esa reacción no fue teatral, fue una expresión genuina de alguien que entendía que el poder no provenía de él, sino de Dios.


Este momento nos enseña una lección esencial: nunca podemos permitir que la honra que pertenece a Dios se nos suba a la cabeza. El reconocimiento humano puede ser peligroso cuando no está acompañado de humildad. Pablo sabía que todo lo que él era y todo lo que podía hacer era producto de la gracia divina. No era su elocuencia, ni su preparación, ni su autoridad personal; era Dios obrando a través de su vida. Cuando una persona comprende esto, vive con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, recordando siempre que la fuente de toda capacidad es el Señor.


El orgullo es silencioso, sutil y muchas veces disfrazado de logros. Por eso la Escritura constantemente nos invita a examinarnos y a no pensar de nosotros más alto de lo que debemos. La humildad no significa negar los dones o minimizar lo que hacemos, sino reconocer correctamente de dónde provienen. Es entender que somos administradores, no dueños; instrumentos, no protagonistas. Cuando olvidamos esto, corremos el riesgo de robarle a Dios la gloria que solo le pertenece a Él.


La Palabra también nos recuerda que somos la luz del mundo. Esa luz no fue diseñada para iluminarnos a nosotros mismos, sino para señalar al Padre. Cada talento, cada oportunidad, cada plataforma y cada logro tiene un propósito mayor: que las personas, al ver nuestras obras, glorifiquen a Dios. No se trata de esconder lo que hacemos, sino de asegurarnos de que lo que hacemos apunte en la dirección correcta. La luz verdadera no busca aplausos; busca reflejar la presencia de Aquel que la encendió.


Al final, todo converge en una misma verdad: todo lo que somos y todo lo que hacemos debe dar gloria a Dios. Nuestro trabajo, nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestro carácter son oportunidades diarias para reflejarlo. La meta no es que nos recuerden a nosotros, sino que recuerden al Dios que obró en nosotros. Cuando vivimos con esa conciencia, la vida deja de ser una búsqueda de reconocimiento y se convierte en una misión de propósito. Y ahí es donde encontramos la verdadera grandeza: en saber que todo, absolutamente todo, es para Su gloria.


Iglesia Fuente de Agua Viva Carolina, PR • 1 787-321-8888

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