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Todo para Su gloria

La historia del rey Herodes es una de las advertencias más fuertes y directas que encontramos en la Biblia sobre el peligro de apropiarse de la gloria que le pertenece a Dios. En un momento de adulación pública, cuando la multitud lo exaltaba con palabras que rozaban la divinidad, él no detuvo el elogio ni redirigió la honra hacia el cielo. No corrigió, no se humilló, no reconoció a Dios como la fuente de todo. Y en ese mismo instante, su final llegó de manera dolorosa y humillante. Esta escena no es solo un relato histórico; es un espejo espiritual que nos recuerda que la gloria mal ubicada puede convertirse en destrucción. No se trata de tener reconocimiento, sino de saber a quién pertenece.


Esa historia nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: no solo escogemos cómo vivimos, también estamos sembrando cómo será nuestro final. Cada decisión, cada palabra y cada intención del corazón construyen una dirección. La vida no es simplemente una sucesión de eventos; es una suma de elecciones continuas que revelan a quién honramos realmente. Cuando una persona vive centrada en sí misma, buscando su propio nombre y su propia exaltación, está levantando un trono equivocado. Pero cuando alguien entiende que su vida tiene un origen divino, comienza a caminar con otra perspectiva, una donde la meta no es brillar por sí mismo, sino reflejar la luz de Aquel que lo creó.


Comprender que nuestro principio es Dios cambia completamente la manera en que vemos nuestra existencia. No somos producto del azar ni de la casualidad. Antes de nacer ya éramos conocidos, pensados y formados por el Creador. Esa verdad le da propósito a nuestra identidad y dirección a nuestros pasos. Sin embargo, así como nuestro inicio tiene un sello divino, nuestro final también debería tenerlo. La vida no se trata únicamente de comenzar bien, sino de terminar honrando a quien nos dio el aliento. Darle gloria a Dios no es un acto ocasional, es un estilo de vida que se refleja en lo público y en lo privado, en lo grande y en lo pequeño.


Por eso, el llamado no es solo espiritual en el sentido emocional o sensible, sino profundamente práctico. Darle gloria a Dios no se limita a un momento de adoración o a una experiencia intensa en un servicio; se manifiesta en la forma en que tratamos a otros, en cómo tomamos decisiones, en la integridad con la que trabajamos y en la humildad con la que aceptamos reconocimiento. Es un filtro mental y emocional que nos permite evaluar constantemente nuestras motivaciones. ¿Lo hago para ser visto o para honrar a Dios? ¿Busco aplauso o propósito? Ese filtro transforma la vida diaria en un acto continuo de adoración.


Esta enseñanza conlleva una gran responsabilidad, porque nos invita a vivir con conciencia y no en automático. No se trata de vivir con miedo, sino con claridad. Cuando entendemos que todo puede y debe apuntar a la gloria de Dios, nuestras prioridades se ordenan, nuestro ego se reduce y nuestra vida adquiere un significado más profundo. Al final, lo verdaderamente trascendente no es cuánto logramos, sino a quién apuntaron nuestros logros. Vivir para Su gloria no nos resta valor; al contrario, nos coloca en el lugar correcto, donde la vida deja de girar alrededor de nosotros y comienza a reflejar la grandeza de Aquel que nos dio propósito desde el principio.


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