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Desarrollando la Admiración y la Contemplación


En nuestra vida espiritual, uno de los desafíos más grandes no es simplemente conocer a Dios, sino aprender a contemplar Su gloria. Muchas personas desean experimentar momentos sobrenaturales o sentir la presencia de Dios de manera intensa, pero la clave no está en buscar grandes señales, sino en desarrollar la capacidad de admiración y contemplación. Todo comienza cuando aprendemos a detenernos y observar lo extraordinario en lo ordinario, lo divino en lo cotidiano. Sin admiración, nuestro corazón permanece cerrado, y la gloria de Dios se vuelve invisible ante nuestros ojos.

El primer paso para desarrollar esta pasión espiritual es identificar aquello que realmente nos admira. Puede ser la naturaleza, la creación, actos de bondad, o incluso los milagros cotidianos que a veces pasan desapercibidos. Todo lo que admiramos tiene el poder de transformar nuestra perspectiva y de abrir nuestro corazón a la contemplación. Cuando una persona se maravilla de lo grande y perfecto de Dios, empieza a conectar con algo mucho más profundo que el simple conocimiento intelectual: empieza a vivir una experiencia espiritual que trasciende el tiempo y el espacio.

La contemplación es un ejercicio activo. No basta con admirar, sino que debemos permitir que esa admiración nos lleve a la reflexión y a la oración. Observar cómo todo en la vida sigue un orden perfecto, cómo las estaciones cambian, cómo los ciclos se cumplen, o cómo los milagros ocurren incluso en lo pequeño, fortalece nuestra fe. Cada detalle que nos maravilla es un recordatorio de la perfección y la soberanía de Dios. Aprender a contemplar implica entrenar la mirada, abrir el corazón y valorar lo que otros podrían pasar por alto.

Uno de los mayores retos es no perder la oportunidad de admirar lo que sucede ante nosotros. Muchas veces, por prisas o distracciones, dejamos pasar momentos que nunca se repetirán. Esos instantes contienen lecciones espirituales que podrían transformar nuestra vida si tan solo les prestamos atención. Cuando uno desarrolla la capacidad de contemplación, empieza a reconocer la mano de Dios en cada detalle, y esa práctica diaria de admiración se convierte en un catalizador de pasión espiritual y deseo por ver Su gloria en acción.

Finalmente, desarrollar admiración y contemplación nos permite vivir con gratitud y propósito. Aprendemos que la gloria de Dios no siempre se manifiesta en lo espectacular, sino en la precisión perfecta de cada momento, en la armonía de cada ciclo, y en la belleza que nos rodea a diario. Al cultivar estas virtudes, nuestra vida se llena de una visión espiritual más profunda, una fe más firme y un corazón más dispuesto a recibir lo divino. Así, el deseo de ver y experimentar la gloria de Dios deja de ser un anhelo lejano y se convierte en una realidad diaria que transforma nuestra existencia.


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