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Dios en el centro de todo

Vivir momentos de dificultad no es una señal de abandono divino, sino una oportunidad sagrada para volver a colocar a Dios en el centro de nuestra vida. Cuando los problemas llegan —y llegan para todos— es fácil enfocarnos en el dolor, en la angustia o en la incertidumbre. Sin embargo, esos momentos son el escenario perfecto para levantar nuestras manos, rendir nuestro corazón y declarar que Dios sigue siendo lo más importante para nosotros. La verdadera adoración no nace de la comodidad, nace de la entrega sincera en medio de la prueba.


Muchas veces olvidamos que los problemas revelan lo que realmente hay en nuestro interior. En la escasez, en la presión y en la lucha, se evidencia nuestra pasión por Dios y nuestra dependencia de Él. Es ahí donde se prueba si nuestra fe es circunstancial o si está verdaderamente arraigada. Por eso, aunque suene contrario a nuestra lógica humana, podemos aprender a alegrarnos cuando llegan las dificultades, no por el dolor en sí, sino porque nos recuerdan quién es nuestra fuente, nuestro sostén y nuestra esperanza eterna.

Paradójicamente, adorar a Dios en medio del dolor puede resultar más fácil que hacerlo en la abundancia. Cuando no tenemos nada, lo buscamos todo en Él; pero cuando alcanzamos cierta estabilidad, comodidad o placer, corremos el riesgo de relajarnos espiritualmente. La abundancia no siempre se mide en dinero, sino en ese estado mental donde creemos que ya “estamos bien”, donde el corazón se acomoda y Dios deja de ser una prioridad diaria para convertirse en una opción secundaria.


El mundo, de manera sutil, nos enseña a establecer prioridades que parecen correctas, pero que pueden desplazar a Dios del lugar que solo a Él le corresponde. Nos dice que lo más importante es la familia, el matrimonio, los hijos, el éxito o la realización personal. Aunque todas estas cosas son valiosas y regalos de Dios, ninguna puede ocupar Su lugar. Cuando ponemos nuestra esperanza absoluta en personas o en relaciones, inevitablemente terminamos frustrados, porque ningún ser humano puede sostener lo que solo Dios fue diseñado para cargar.


Dios debe ser lo primero, incluso por encima de lo más amado. No porque la familia no importe, sino porque cuando Dios ocupa el centro, todo lo demás encuentra su orden correcto. Ni el esposo, ni la esposa, ni los hijos pueden ser nuestro fundamento espiritual. Amar a Dios por encima de todo no disminuye nuestro amor por los demás; al contrario, lo purifica, lo fortalece y lo hace eterno. Solo cuando Dios es lo más importante, nuestra vida puede permanecer firme tanto en la escasez como en la abundancia.


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