Dios primero, todo en su lugar
- Pastor Otoniel Font

- Jan 7
- 2 min read
Muchas personas se sorprenden cuando escuchan la afirmación de que lo más importante en la vida no es la familia. Suena duro, incluso contradictorio, especialmente en una cultura donde exaltamos el matrimonio, los hijos y el hogar como el centro de todo. Sin embargo, el problema no está en amar profundamente a nuestra familia, sino en colocarla en un lugar que no le corresponde. Cuando algo o alguien ocupa el lugar de Dios en nuestro corazón, inevitablemente se convierte en una carga que no puede sostener. Ninguna persona, por más que nos ame, tiene la capacidad de darnos la plenitud que solo proviene de Dios.
Cuando una persona vive poniendo su esperanza principal en su esposo, su esposa o sus hijos, está construyendo su vida sobre una base frágil. Los seres humanos fallan, cambian, crecen, se equivocan y, en ocasiones, toman decisiones que nos duelen. Si nuestra identidad, satisfacción y gozo dependen de ellos, viviremos en una montaña rusa emocional constante. Dios nunca diseñó a la familia para ser nuestra fuente absoluta de plenitud, sino un regalo que debe fluir desde una relación correcta con Él.
Poner a Dios en primer lugar no significa descuidar a la familia, sino todo lo contrario. Cuando Dios ocupa el centro, amamos mejor, servimos mejor y criamos con una perspectiva sana. Un padre o una madre que entiende que su plenitud viene de Dios no vive frustrado por los errores de sus hijos ni por los resultados que espera ver en ellos. Su identidad no está atada al comportamiento de su familia, sino a su obediencia y relación con el Dios Todopoderoso.
El gran peligro surge cuando usamos a la familia como excusa para desobedecer a Dios o para justificar una vida espiritual superficial. Con el tiempo, esa persona termina frustrada, vacía y decepcionada, buscando una satisfacción que ni los hijos, ni el matrimonio, ni los hermanos pueden ofrecer. La familia nunca fue creada para llenar el vacío del alma; ese espacio pertenece únicamente a Dios. Todo lo demás, aunque valioso, es secundario.
Esto no significa que la familia no sea importante; significa que no es lo primero. Cuando Dios está por encima de todas las cosas, todo lo demás encuentra su lugar correcto. La verdadera plenitud, el gozo genuino y la satisfacción duradera solo se encuentran en Él. Desde esa plenitud, entonces sí, podemos amar a nuestra familia con libertad, sin idolatría, sin expectativas irreales y sin frustración. Dios primero, y lo demás en el orden que Él diseñó.




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