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Donde está tu afecto


David, en un momento crucial de su liderazgo, hace una pregunta que revela mucho más que una intención financiera: “¿Quién quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová?”. No se trataba de una necesidad material ni de una recaudación urgente para la construcción del templo, porque todo ya estaba preparado. El oro, la plata y los recursos del reino estaban listos. Sin embargo, David entendía que había una diferencia profunda entre dar desde lo institucional y dar desde lo personal. Como rey, ya había cumplido con su deber, pero como hombre conforme al corazón de Dios, sabía que eso no era suficiente. Él reconocía que Dios no busca solo recursos, sino corazones rendidos.


David pudo haberse detenido allí y decir que su parte estaba hecha, pero decidió ir más allá. Desde su tesoro personal, desde lo que le pertenecía a él, ofreció lo mejor. Esa acción no fue un gesto simbólico, fue una declaración espiritual: su afecto estaba en la casa de Dios. Su pasión no estaba en el trono, ni en las riquezas, ni en la seguridad del reino, sino en la presencia de Dios. Cuando alguien da de lo suyo, revela dónde está verdaderamente su corazón. Dar lo mejor no es una obligación, es una respuesta de amor profundo y de reverencia genuina.


Luego de ese acto personal, David invita al pueblo a hacer lo mismo, pero deja claro que debía ser voluntario. No había presión, no había necesidad, no había urgencia externa. La invitación era clara: solo debía dar aquel que, desde lo más profundo de su ser, sintiera el deseo de honrar a Dios. Esa voluntariedad es clave, porque lo que nace del corazón es lo que tiene verdadero valor espiritual. Cuando el afecto está bien posicionado, la entrega fluye sin imposición y sin resistencia.


Este llamado no se limita a una ofrenda material, sino a una entrega total de la vida. David estaba enseñando al pueblo que el verdadero culto comienza cuando definimos nuestras prioridades. ¿Dónde está tu afecto? ¿Qué ocupa el primer lugar en tus pensamientos, decisiones y deseos? El afecto no es solo amor emocional; es esa parte interna y profunda que gobierna nuestras acciones. Aquello a lo que le damos mayor valor terminará dirigiendo cada paso que damos, para bien o para mal.


Al final, el mensaje es claro y confrontador: nuestro afecto debe estar primero y siempre en Dios. Cuando Dios ocupa ese lugar, nuestras decisiones se alinean, nuestras pasiones se ordenan y nuestra vida encuentra dirección. Ese afecto bien definido nos fortalece para resistir el pecado y nos impulsa a vivir con propósito. Darle a Dios lo mejor no es una pérdida, es la mayor ganancia. Porque cuando Él es nuestra prioridad, todo lo demás encuentra su lugar correcto.


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