La promesa y los gigantes
Cuando Dios te pone delante de una promesa, eso no significa que el camino estará libre de dificultades. Muchas veces pensamos que, si Dios nos habló, todo debería comenzar a fluir inmediatamente y sin oposición. Pero la realidad bíblica nos muestra algo diferente: una promesa de Dios no elimina los obstáculos, sino que nos da la seguridad de que los obstáculos no tendrán la última palabra. Que aparezca oposición delante de ti no significa que escuchaste mal a Dios. Que aparezcan problemas no significa que Dios cambió de opinión. Y que encuentres gigantes en el camino no significa que la tierra que Dios te mostró dejó de ser tu destino. Hay momentos en los que aquello que Dios prometió está justamente delante de nosotros, pero también hay algo grande que parece interponerse entre nosotros y la promesa.
El pueblo de Israel vivió precisamente esa experiencia. Dios les había hablado de una tierra que les daría, una tierra que fluía leche y miel, pero cuando llegaron delante de ella encontraron algo que no esperaban enfrentar de esa manera: gigantes. El problema no era que Dios hubiera fallado en su palabra; el problema era la manera en que ellos estaban mirando aquello que tenían delante. Los gigantes eran reales, las ciudades eran reales y las dificultades eran reales, pero ninguna de esas cosas era más real que la palabra que Dios ya había hablado. A veces cometemos el mismo error. Miramos tanto el tamaño del problema que comenzamos a cuestionar el tamaño de nuestro Dios. Permitimos que la oposición nos convenza de que la promesa era demasiado buena para ser cierta. Pero la presencia de un gigante no convierte una promesa en una mentira. El gigante puede estar allí y, aun así, Dios seguir siendo fiel.
Quizás hoy estás mirando algo que parece contradecir lo que Dios puso en tu corazón. Tal vez hay una puerta cerrada, una dificultad inesperada, una temporada de espera o una oposición que no habías contemplado. Pero tienes que aprender a distinguir entre lo que Dios dijo y lo que estás viendo en este momento. La realidad que tienes delante puede ser difícil, pero no tiene autoridad para borrar la palabra de Dios. Cuando Dios habló de la tierra, Él sabía que había gigantes allí. Dios no descubrió los gigantes después de hacer la promesa. Él ya sabía de ellos. Y si aun conociendo los gigantes habló de una tierra, entonces los gigantes nunca fueron un impedimento para Dios. Tal vez Dios no te habló de cada obstáculo que encontrarías porque no necesitabas conocer cada detalle del camino; necesitabas conocer quién había hecho la promesa. Tu seguridad no está en que no existan gigantes, sino en que Dios permanece fiel aunque los gigantes existan.
Por eso, no permitas que la oposición cambie la manera en que interpretas la promesa. Hay personas que abandonan demasiado pronto porque confundieron dificultad con negación de Dios. Piensan: “Si esto fuera de Dios, no sería tan difícil”. Pero muchas veces la dificultad no demuestra que estás fuera de la voluntad de Dios; simplemente demuestra que estás caminando en un mundo donde existen obstáculos, oposición y circunstancias que todavía necesitan ser vencidas. La fe no consiste en negar que existen gigantes. La fe consiste en reconocer que existen, pero decidir que no serán ellos quienes definan lo que Dios puede hacer. Puedes mirar el problema y, al mismo tiempo, recordar la palabra. Puedes reconocer la dificultad sin convertirla en tu confesión. Puedes decir: “Sí, hay gigantes delante de mí, pero Dios ya habló”. Porque cuando Dios promete, tu responsabilidad no es medir la promesa por el tamaño del obstáculo, sino aprender a mirar el obstáculo a la luz de la grandeza de Dios.
Así que, si hoy estás delante de un gigante, no concluyas que Dios te mintió. No abandones la promesa simplemente porque el camino se puso difícil. No permitas que aquello que estás viendo por un momento te haga olvidar aquello que Dios ya dijo. Los gigantes pueden ser grandes, pero siguen siendo irrelevantes frente al poder de Dios. Lo que Dios ha determinado no pierde su valor porque aparezca oposición. Tal vez tendrás que avanzar con temor, tendrás que perseverar, tendrás que confiar y tendrás que dar pasos de fe que no siempre serán cómodos, pero no tienes que caminar pensando que estás solo. Recuerda esto: Dios sabía que había gigantes y aun así habló de la tierra. Por eso, no bases tu confianza en la ausencia de problemas; basa tu confianza en la fidelidad de Dios. Si Él lo dijo, puedes permanecer firme. Si Él prometió, puedes seguir caminando. Y aunque delante de ti haya gigantes, puedes declarar con fe: “Ciertamente, eso es mío; ciertamente, lo que Dios ha dicho me pertenece”.





Comentarios