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Llamados a ser luz


Vivimos en una época marcada por la incertidumbre, el ruido constante y la oscuridad que parece multiplicarse en cada rincón del mundo. Noticias que hieren, palabras que dividen y corazones cansados hacen evidente una realidad: hacen falta personas que caminen en la luz de Cristo. No una luz superficial o momentánea, sino una luz viva, auténtica y transformadora, capaz de reflejar esperanza aun cuando el entorno insiste en apagarla. Ser luz no es solo un concepto espiritual, es una manera de vivir, de hablar, de actuar y de responder en medio de las tinieblas.


Cuando Cristo ilumina nuestra vida, esa luz no está diseñada para quedarse encerrada. Está destinada a proyectarse, a transmitirse y a influir. La gente nota cuando alguien camina en la luz: hay paz en su forma de enfrentar problemas, hay firmeza en sus decisiones y hay amor aun en medio de la adversidad. No todos querrán acercarse, es cierto, pero muchos sí. Algunos preguntarán, otros observarán en silencio, y otros simplemente sentirán que hay algo diferente. Esa diferencia es Cristo reflejándose a través de una vida rendida a Él.


Ser luz implica asumir una responsabilidad espiritual profunda: llevar paz donde hay caos, esperanza donde hay desesperación y vida donde otros solo ven salida en la oscuridad. A veces no se trata de grandes discursos, sino de una palabra correcta en el momento indicado, de un mensaje predicado con verdad, o incluso de una transmisión encendida en el momento preciso. Dios usa lo que parece sencillo para tocar corazones en instantes críticos, esos segundos donde una decisión puede cambiarlo todo.


Un testimonio vivido en El Salvador lo confirma con fuerza. En un retiro de empresarios, una mujer se acercó con lágrimas y gratitud para contar una historia que estremeció el corazón. Diez años atrás, en el punto más oscuro de su vida, con una navaja en la mano y la decisión de quitarse la vida, encendió el televisor. En ese momento, una prédica habló directamente a su corazón. Aquella palabra la detuvo, la confrontó y la abrazó espiritualmente. Ese día soltó la navaja, entregó su vida al Señor y hoy puede dar testimonio de que la luz de Cristo fue más fuerte que la muerte.


Historias como esta nos recuerdan que nunca sabemos hasta dónde puede llegar la luz que llevamos. Una vida alineada con Dios puede ser el puente entre la desesperación y la esperanza para alguien más. Por eso, seamos luz en medio de las tinieblas, seamos luz en medio de los problemas y seamos luz aun cuando el mundo prefiera la oscuridad. Caminar en la luz no solo transforma nuestra vida, también puede salvar la de otros.


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