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Llénate de Fe

6 oct
3 min de lectura

Josué y Caleb fueron dos hombres que decidieron creerle a Dios cuando todo a su alrededor parecía decir lo contrario. De los doce espías enviados a reconocer la tierra prometida, solamente ellos mantuvieron una perspectiva diferente. Mientras otros vieron gigantes, ciudades fortificadas y obstáculos aparentemente imposibles, Josué y Caleb recordaron quién les había hecho la promesa. Ellos no negaron lo que tenían delante de sus ojos, pero entendieron que lo que Dios había dicho tenía más peso que aquello que estaban viendo. La tierra prometida no era solamente un lugar que ellos querían alcanzar; era una promesa que Dios había hecho a su pueblo. Y cuando la realidad parecía contradecir la promesa, ellos decidieron aferrarse a la palabra de Dios.


Existe una tradición judía que cuenta que Caleb, antes de entrar a la tierra prometida, fue a la tumba de los patriarcas. Aunque este detalle no aparece en el relato bíblico como un hecho confirmado, la imagen que presenta esta tradición es poderosa: Caleb habría buscado recordar las promesas que Dios había hecho a Abraham, Isaac y Jacob. En lugar de alimentar su corazón con las voces de quienes murmuraban, habría regresado a la memoria de lo que Dios había dicho. Fue a llenarse de fe. Fue a recordar que la historia no comenzaba con él y que la promesa que estaba viendo cumplirse tenía raíces mucho más profundas. A veces nosotros también necesitamos regresar a las promesas de Dios para recordar que nuestra circunstancia presente no es toda la historia.


Hebreos 11 nos lleva precisamente a ese lugar. Allí encontramos los nombres de hombres y mujeres que caminaron por fe, creyendo en Dios aun cuando todavía no habían visto con sus propios ojos el cumplimiento de todo lo que Él había prometido. Abraham salió sin saber exactamente a dónde iba. Moisés dejó atrás los tesoros de Egipto porque puso sus ojos en una recompensa mayor. Otros creyeron, esperaron, obedecieron y perseveraron sin recibir en esta vida todo aquello que habían esperado. Su testimonio nos recuerda que la fe no consiste en vivir ignorando la realidad, sino en aprender a interpretar la realidad a la luz de la fidelidad de Dios. Por eso, cuando nuestra generación está llena de voces, opiniones, rumores, miedo y murmuración, necesitamos volver a escuchar la Palabra y recordar a aquellos que caminaron antes que nosotros.


Hay demasiadas voces que pueden llenar nuestro corazón de temor si les prestamos atención constantemente. Podemos pasar tanto tiempo escuchando lo que otros dicen, comentando lo que otros hacen y alimentándonos de conversaciones que no edifican, que terminamos olvidando lo que Dios ha dicho. Josué y Caleb nos enseñan otra manera de vivir: no permitir que la mayoría determine lo que vamos a creer acerca de Dios. Ellos tuvieron que mantenerse firmes cuando prácticamente todo el pueblo estaba en contra de su perspectiva. Su confianza no estaba basada en que el camino fuera fácil, sino en que Dios había prometido acompañarlos. Nosotros también necesitamos escoger cuidadosamente qué voces dejamos entrar en nuestro corazón. En vez de vivir rodeados de murmuración, necesitamos volver a la Escritura, recordar la fidelidad de Dios y acercarnos a los testimonios de aquellos que nos precedieron en la fe.

Quizás hoy necesitas hacer precisamente eso: volver a llenarte de fe. Tal vez llevas demasiado tiempo mirando el tamaño del problema y has olvidado el tamaño de Dios. Tal vez las circunstancias te han hecho cuestionar si realmente vale la pena seguir creyendo. Vuelve a Hebreos 11. Vuelve a las promesas de Dios. Recuerda a los hombres y mujeres que creyeron antes que tú y que caminaron confiando en un Dios que permanece fiel. La fe que necesitas hoy no tiene que nacer de tus propias fuerzas; puede ser alimentada al recordar quién es Dios y lo que Él ha hecho. Josué y Caleb no fueron llamados a negar los gigantes, sino a creer que los gigantes no eran más grandes que el Dios que les había prometido la tierra. Que hoy puedas apartarte del ruido, cerrar tus oídos a la murmuración y volver tu corazón hacia Dios, para llenarte nuevamente de esa fe que te permite caminar hacia lo que Él ha prometido.

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