Lo que viste en fe
Hay momentos en los que Dios permite que nuestra mente se detenga por un instante y comencemos a imaginar algo que todavía no tenemos. Estás en tu casa, con tu familia, haciendo lo cotidiano, y de repente surge un sueño: una casa diferente, un espacio donde puedas cocinar para tus hijos, recibir a tu familia y disfrutar de aquello que por mucho tiempo has deseado. Por unos minutos, comienzas a imaginar cómo sería tenerlo. Lo ves en tu mente, lo disfrutas en tu corazón y hasta puedes llegar a sentir que ya estás allí. No estás ignorando la realidad; simplemente estás permitiéndote soñar con algo que todavía no has alcanzado.
A todos nos ha pasado. Estamos haciendo alguna tarea y, de repente, nuestra mente comienza a viajar. Pensamos en lo que queremos construir, en dónde queremos estar, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en ese proyecto que todavía no se ha materializado. Ese momento puede parecer solamente un pensamiento, pero muchas veces un sueño es el comienzo de una dirección. La diferencia está en qué hacemos después de soñar. Porque no se trata solamente de imaginar una casa, un proyecto o una nueva etapa; se trata de estar dispuestos a caminar, buscar, trabajar y creer cuando aparezca una oportunidad delante de nosotros.
Entonces sucede algo inesperado. Días después, abres los clasificados, revisas las opciones disponibles y encuentras una casa que llama tu atención. Lees la descripción y algo dentro de ti dice: “Voy a ir a verla”. No tienes todas las respuestas, quizás ni siquiera sabes cómo sucederá, pero decides dar el paso. Vas por fe, llegas al lugar, bajas del vehículo y comienzas a mirar. Caminas por los espacios, observas cada detalle y, de repente, experimentas esa sensación de reconocimiento: “Ciertamente, esto fue lo que yo vi”. Aquello que primero apareció como un sueño en tu mente ahora está delante de tus ojos. Todavía falta camino por recorrer, pero ya puedes reconocer que aquello que imaginaste no era solamente una idea pasajera.
Esto nos recuerda que muchas veces el proceso comienza antes de que podamos ver el resultado. Primero aparece el deseo, después la visión, luego la oportunidad y finalmente vienen los pasos que tenemos que dar. Soñar no significa que todo ocurrirá exactamente como lo imaginamos, ni que cada pensamiento que tengamos es una promesa de Dios. Pero sí podemos aprender a prestar atención a aquello que despierta en nosotros un propósito y llevarlo delante de Él. La fe no consiste únicamente en esperar que algo suceda; también implica caminar cuando todavía no podemos ver todo el camino. Hay puertas que solamente reconocemos cuando tenemos el valor de acercarnos a ellas.
Quizás hoy tienes delante de ti algo que todavía solamente puedes ver con los ojos de la fe. Tal vez es un proyecto, una nueva etapa para tu familia, una oportunidad o un sueño que has guardado durante mucho tiempo. No desprecies el proceso porque todavía no puedes tocar el resultado. Ora, busca dirección de Dios, prepárate y permanece atento a las oportunidades que puedan aparecer. Y cuando llegue ese momento en el que estés frente a aquello que una vez solamente imaginaste, podrás mirar atrás y entender que el camino también fue parte del proceso. Porque algunas cosas primero las vemos en el corazón antes de verlas delante de nuestros ojos.





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