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¿Por qué no crees?

5 oct
3 min de lectura

Muchas veces nos preocupamos demasiado por lo que la gente allá afuera pueda decir de nosotros. Escuchamos voces que nos dicen: “No te ilusiones”, “eso no va a pasar”, “sé realista”, “eso es demasiado grande para ti”. Y poco a poco, sin darnos cuenta, comenzamos a mirar nuestras circunstancias por encima del poder de Dios. El problema no siempre es que no creamos en Dios; muchas veces creemos que Dios puede salvarnos, transformarnos, perdonarnos y hacer una obra espiritual en nuestra vida, pero cuando llega el momento de creer que Él también puede proveer, abrir una puerta, suplir una necesidad o intervenir en nuestra realidad cotidiana, nuestra fe comienza a disminuir. Hemos aprendido a separar lo espiritual de lo natural, como si Dios fuera poderoso solamente en unas áreas de nuestra vida, pero limitado en otras.

Por alguna razón, hemos permitido que se nos meta en la cabeza que las cosas materiales y naturales son demasiado difíciles, costosas o imposibles para Dios.

Podemos creer que Él tiene poder para cambiar un corazón, restaurar una vida, perdonar nuestros pecados y hacernos una nueva criatura, pero nos cuesta creer que ese mismo Dios puede proveer para una necesidad concreta. Nos cuesta creer cuando no vemos cómo sucederá, cuando los números no cuadran, cuando la puerta parece cerrada o cuando las circunstancias nos dicen exactamente lo contrario de lo que estamos esperando. Y ahí es donde nuestra fe es confrontada: no solamente en aquello que sabemos acerca de Dios, sino en aquello que realmente creemos de Él cuando nuestra realidad parece contradecir sus promesas.


La verdad es que no podemos limitar el poder proveedor de Dios a nuestra lógica, nuestros recursos o nuestras circunstancias. Esto no significa que Dios sea una máquina que nos entrega todo lo que queremos simplemente porque lo pedimos, ni que la fe sea una manera de exigirle a Dios que haga nuestra voluntad. Significa reconocer que nuestra confianza en Él no puede depender únicamente de lo que nuestros ojos alcanzan a ver. El Dios que ha sostenido nuestra vida hasta hoy sigue siendo Dios en medio de nuestra necesidad. El Dios que comenzó una obra en nosotros no ha perdido su poder. Si pudo transformar nuestro corazón, rescatarnos, levantarnos y hacernos una nueva criatura, entonces podemos descansar en que su poder no se limita a lo que nosotros consideramos posible. Nuestra responsabilidad es creer, confiar y caminar en obediencia, aun cuando todavía no podamos ver cómo Dios habrá de hacerlo.


Pero hay algo todavía más grande que todo aquello que Dios pueda darnos. Hay algo que ya ocurrió y que nunca debemos olvidar: lo más grande no es solamente lo que Dios puede hacer mañana ni lo que puede poner en nuestras manos hoy; lo más grande es lo que Él ya hizo. Ya nos dio una nueva vida en Cristo. Ya nos llamó hijos. Ya nos mostró su gracia. Ya hizo por nosotros aquello que nosotros jamás hubiéramos podido hacer por nuestras propias fuerzas. Cuando recordamos eso, nuestra perspectiva cambia. Dejamos de acercarnos a Dios solamente por lo que esperamos recibir y comenzamos a adorarlo por quien Él es y por lo que ya ha hecho. La provisión de Dios entonces deja de ser el fundamento de nuestra fe y se convierte en una expresión más de nuestra confianza en Él.


Por eso, hoy la pregunta no es solamente qué necesitas que Dios haga por ti, sino si realmente crees que Él es quien dice ser. ¿Cómo puedes creer que Dios pudo transformar tu vida, pero pensar que no puede sostenerte en la temporada que estás atravesando? ¿Cómo puedes creer que te hizo una nueva criatura y, al mismo tiempo, pensar que una necesidad terrenal es demasiado grande para sus manos? No permitas que las voces de afuera sean más fuertes que la verdad que Dios ha establecido en tu vida. No confundas la espera con abandono ni la dificultad con incapacidad de Dios. Sigue creyendo, sigue caminando y sigue confiando. Tal vez todavía no puedes ver la respuesta, pero puedes recordar algo que nadie puede quitarte: si Dios ya hizo lo más grande en tu vida, puedes descansar sabiendo que su poder no termina ahí.

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