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Sin una entrega a medias


A Dios se le sirve con todo o simplemente con nada. No existe una vida cristiana diseñada para caminar a medias, para entregarle algunas áreas de nuestro corazón mientras reservamos otras para nosotros mismos. La realidad es que muchos creyentes todavía no han tomado una decisión completa acerca de su relación con Dios. Quieren los beneficios de caminar con Él, pero no siempre están dispuestos a rendirle el corazón, la mente, el alma y las fuerzas. Sin embargo, Dios nunca nos llamó a vivir una fe dividida. Él nos llama a una entrega completa, a una vida donde nuestra relación con Él no sea solamente una parte de lo que somos, sino el centro desde donde todo lo demás toma dirección.


Una de las declaraciones que nos ayuda a entender esta entrega es el Shema, una oración que encontramos en las Escrituras y que Dios estableció para que el pueblo de Israel recordara constantemente quién es Él y cómo debía responder a su presencia. En Deuteronomio 6 encontramos estas palabras: amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. No se trata simplemente de repetir una frase religiosa, sino de establecer una verdad que debía gobernar la vida diaria. Por eso Dios les pidió que estas palabras fueran repetidas constantemente, por la mañana y por la noche, y que formaran parte de su rutina. La intención era que el pueblo no olvidara a quién pertenecía, qué había recibido de Dios y cuál debía ser la prioridad de su vida. La repetición del Shema tenía el propósito de formar una conciencia constante de Dios.


Cuando llegamos al Nuevo Testamento, Jesús también hace referencia a esta declaración y nos presenta una dimensión aún más amplia de lo que significa amar a Dios. Él habla de amar al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. Esa palabra adicional, mente, nos recuerda que nuestra relación con Dios no solamente involucra nuestras emociones o nuestras acciones; también involucra nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestra manera de interpretar lo que vivimos y aquello que permitimos ocupar nuestra mente. Dios quiere nuestra totalidad. Quiere nuestro corazón cuando nadie nos está mirando, nuestra alma cuando atravesamos procesos difíciles, nuestra mente cuando llegan pensamientos que quieren desviarnos y nuestras fuerzas cuando tenemos que decidir si continuamos obedeciendo aun cuando estamos cansados. Amar a Dios con todo significa que no existen áreas de nuestra vida que debamos considerar fuera de su señorío.


Por eso nuestra vida necesita ritmos. La fe no puede depender únicamente de momentos extraordinarios, de una experiencia poderosa en un servicio o de una emoción que sentimos en determinado momento. Necesitamos desarrollar una consistencia que nos mantenga alineados con Dios todos los días. El Shema nos enseña precisamente ese principio: comenzar el día recordando a quién amamos, quién tiene el primer lugar y qué debe gobernar nuestra vida. Nuestros ritmos diarios pueden convertirse en espacios donde nuestra relación con Dios se fortalece: la oración, la Palabra, la adoración, la gratitud, el descanso correcto, la obediencia y aun la manera en que respondemos a las circunstancias. Lo que hacemos repetidamente termina formando nuestra vida. Por eso debemos preguntarnos qué ritmos estamos estableciendo y si esos ritmos nos están acercando a Dios o nos están alejando de Él.


La pregunta entonces no es solamente si creemos en Dios, sino cuánto de nuestra vida realmente le hemos entregado. Servir a Dios a medias siempre terminará produciendo una vida dividida, pero cuando decidimos amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, comenzamos a vivir desde una identidad y una dirección diferentes. El llamado de Dios no es para que lo recordemos solamente los domingos, sino para que nuestra vida completa esté alineada con Él. Cada mañana podemos establecer nuevamente ese ritmo; cada noche podemos volver a reconocer su fidelidad. Cada decisión puede convertirse en una oportunidad para decir: “Señor, todo lo que soy te pertenece”. Porque cuando Dios ocupa el centro, nuestros ritmos cambian, nuestras prioridades se ordenan y nuestra vida comienza a reflejar aquello que verdaderamente hemos decidido amar.

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