Un día en Su presencia
- Pastor Otoniel Font

- Jan 22
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Lo primero que debemos entender hoy es lo que ocurrió en el corazón de David y por qué desarrolló un amor tan profundo por la casa de Dios. David no hablaba desde la teoría ni desde la religión, hablaba desde la experiencia. Cuando él decía: “Prefiero un día en los atrios de Jehová que mil fuera de ellos”, no se refería solo al templo físico, sino a la cercanía con la presencia de Dios. Para David, estar cerca de Dios —aunque fuera en el estacionamiento, aunque fuera afuera, aunque no fuera en el lugar ideal— valía más que cualquier comodidad lejos de Él. Esa misma actitud la vimos reflejada en tiempos difíciles, cuando muchos, aun teniendo la opción de quedarse en casa, decidieron ir, porque entendían que la presencia de Dios no se reemplaza.
Durante momentos de prueba, como los que vivimos, se evidenció una verdad espiritual profunda: hay personas que no van a la casa de Dios por costumbre, sino por hambre espiritual. A pesar del calor, la distancia y las limitaciones, muchos decidieron presentarse porque sabían que algo sucede cuando uno se acerca a Dios con un corazón sincero. Esa decisión no nace de la obligación, nace del amor. David entendía que no era el lugar lo que hacía la diferencia, sino la presencia que habitaba allí. Un solo día cerca de Dios podía transformar lo que mil días lejos jamás podrían sanar.
La razón de este amor tan intenso se encuentra en la historia personal de David. Él fue un joven marcado por el rechazo, alguien a quien nadie parecía ver ni valorar. Rechazado por sus hermanos, ignorado por su padre y menospreciado por quienes debían cuidarlo, David creció sin expectativas humanas, sin visión de futuro y sin afirmación. Su vida estaba llena de ausencias emocionales, pero fue en ese vacío donde Dios decidió revelarse. Mientras los demás lo descartaban, Dios lo miró con propósito y vio en él lo que nadie más fue capaz de ver.
Dios se convirtió en el refugio que David nunca tuvo en los hombres. Fue el único que lo aceptó, lo afirmó y lo acompañó día tras día, cuidándolo en lo secreto, detrás de las ovejas, lejos de los aplausos. En ese lugar de anonimato, David desarrolló una relación íntima con Dios que marcó toda su vida. Por eso pudo declarar con tanta certeza: “Jehová es mi pastor y nada me faltará”. Lo que no encontró en relaciones humanas, lo halló en la fidelidad de Dios; lo que no recibió de la gente, lo recibió del cielo.
Al final, David nos deja una lección eterna: la presencia de Dios suple lo que el mundo no puede dar. Allí encontró identidad, dirección, descanso y propósito. La casa de Dios se convirtió en su lugar favorito porque representaba el espacio donde era amado sin condiciones. Por eso, su historia nos recuerda que no importa cuán rechazados o invisibles nos hayamos sentido, en la presencia de Dios siempre hay aceptación, restauración y un llamado mayor. Lo que ningún hombre pudo darle a David, Dios se lo dio en abundancia.




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