Vasos de barro, portadores de gloria
- Pastor Otoniel Font
- Feb 2
- 2 min read
Como creyentes, necesitamos entender una verdad fundamental que define nuestra identidad espiritual: no caminamos vacíos. La fe cristiana no se trata solo de asistir a un servicio o de repetir principios, sino de reconocer quiénes somos y qué llevamos dentro. El Pastor Otoniel nos recuerda que tú y yo, como cristianos, somos portadores de la gloria y del poder de Dios. No hablamos de algo simbólico o metafórico, sino de una realidad espiritual profunda. Dios decidió depositar lo más grande que existe —Su gloria y Su poder— dentro de personas comunes, imperfectas y limitadas, para que el mundo pueda ver que lo sobrenatural no proviene del hombre, sino de Él.
Esto rompe con la lógica humana, porque naturalmente pensamos que Dios usa solo a los más preparados, a los más fuertes o a los más espirituales. Sin embargo, la Biblia nos presenta un panorama completamente distinto. Dios ha escogido vasijas humanas, vasijas de barro, frágiles y ordinarias, como tú y como yo. No somos extraordinarios por nosotros mismos, pero llevamos dentro algo extraordinario. Esa es la belleza del evangelio: Dios no espera que seamos perfectos para usarnos, Él nos llena de Su presencia en medio de nuestra humanidad.
El apóstol Pablo lo explica con claridad en 2 Corintios 4:7 cuando dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros”. Ese tesoro es la gloria de Dios, y el recipiente somos nosotros. Dios intencionalmente decidió poner Su poder en vasijas frágiles para que quede claro que la fuerza no viene del recipiente, sino del contenido. Cuando alguien ve transformación, sanidad o restauración en nuestra vida, no puede atribuirlo a nuestras capacidades, sino al Dios Todopoderoso que habita en nosotros.
Esta verdad también nos ayuda a entender por qué enfrentamos procesos, pruebas y dificultades. El mismo pasaje continúa diciendo que estamos atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados. El hecho de ser vasos de barro no nos exime del dolor, pero sí nos garantiza que no caminamos solos. La gloria y el poder de Dios dentro de nosotros nos sostienen, nos levantan y nos permiten resistir cuando humanamente no podríamos hacerlo.
Cuando entendemos esto, nuestra manera de vivir cambia. Dejamos de menospreciarnos, de compararnos y de pensar que no somos suficientes. No se trata de cuán fuertes somos, sino de quién vive dentro de nosotros. Dios puso Su excelencia en nuestra fragilidad para que el mundo vea que Él sigue obrando a través de personas comunes que deciden rendirse a Su propósito. Somos vasos de barro, sí, pero llenos de un tesoro eterno que transforma vidas.
