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Vive para Su gloria


En la vida del creyente, cada acción, cada decisión y cada circunstancia tiene un propósito divino: glorificar a Dios. La Escritura nos recuerda en 1 Pedro 4:11 que todo lo que hacemos, ya sea hablar o ministrar, debe hacerse conforme al poder que Dios nos da, para que en todo sea Él glorificado. Esto no es solo un consejo espiritual, sino una forma de vida que transforma nuestra perspectiva y nos hace conscientes de que nada es casualidad. Cada momento que vivimos, desde levantarnos por la mañana hasta acostarnos en la noche, es una oportunidad para reflejar la grandeza de Dios. La clave está en vivir con la obsesión de que todo, absolutamente todo, sea para Su gloria.


Cuando enfrentamos situaciones difíciles, como el tráfico, los problemas en el trabajo o los desafíos personales, nuestra reacción también debe estar orientada a glorificar a Dios. Cada prueba es una oportunidad para desarrollar nuestro carácter, fortalecer nuestra paciencia y crecer espiritualmente. Lo que el mundo ve como obstáculos, para nosotros son herramientas divinas que nos moldean y nos acercan más al propósito de Dios. La gloria de Dios no se manifiesta solo en los éxitos o bendiciones, sino también en cómo respondemos ante las pruebas y adversidades.


El éxito, la prosperidad y las victorias también deben vivirse con el mismo enfoque. Comprar una casa, un auto o alcanzar metas profesionales no son fines en sí mismos, sino medios para honrar a Dios. Vivir para glorificar a Dios implica reconocer que todo lo que tenemos y somos proviene de Él y que cada logro debe reflejar gratitud y humildad. No importa cuán grande o pequeño sea el acontecimiento, nuestra prioridad siempre debe ser la misma: que Dios reciba la gloria en todo.


Hay quienes viven tan inmersos en este principio que su vida se convierte en un testimonio constante. Como aquel joven que trabajaba con una mujer pentecostal, cuya respuesta ante cada evento, accidente o situación era decir: “¡Para la gloria de Dios!” Esta actitud no solo transforma nuestra perspectiva, sino que impacta a quienes nos rodean. Nos recuerda que incluso los milagros más grandes y los eventos más extraordinarios tienen un propósito: revelar la gloria de Dios al mundo.


Finalmente, glorificar a Dios significa reconocer Su soberanía en todo momento, incluso cuando la razón humana no alcanza a comprender lo que sucede. Como en la historia del cruce del mar Rojo, donde la manifestación del poder de Dios fue más grande de lo que se ve a simple vista, debemos confiar en que Dios obra de maneras que superan nuestra comprensión. Cada circunstancia, buena o difícil, es una oportunidad para declarar Su grandeza. Todo en la vida del creyente, cada acción, cada pensamiento y cada palabra, debe ser un acto de adoración y gloria a Dios. Vivir con este enfoque transforma la vida cotidiana en un constante reflejo de Su majestad. El mensaje está disponible acá.


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